7/11/19

Referentes: Rash Behari Bose



Rash Behari Bose (25 de mayo de 1886 – 21 de enero de 1945) fue un líder revolucionario indio contrario a la dominación británica de la India.
Con veintiséis años participó en un atentado fallido contra el virrey de la India en Delhi cuando éste hacia su entrada solemne en la capital a lomos de un elefante. Consiguió escapar y se refugió en 1915 en Japón donde pasó el resto de su vida.
Fue uno de los organizadores clave del Motín de Ghadar y más tarde del Ejército Nacional Indio. Le entregó el control del Ejército Nacional Indio a Subhas Chandra Bose.
Como el también nacionalista indio Maulavi Barakatullah, colaboró con el escritor panasiatista japonés Shumei Okawa. A los pocos meses de haber llegado a Japón, formó parte, junto con Okawa, del comité de bienvenida del héroe revolucionario indio Lala Lajpat Rai, quien ante sus anfitriones defendió la necesidad de luchar todos juntos por la liberación de Asia. A raíz de estas declaraciones, el gobierno británico presionó al japonés para que Bose fuera expulsado del país, pero gracias a Toyama Mitsuru, el panasianista japonés más influyente, al que recurrieron Okawa y los nacionalistas indios exiliados, la medida no se llevó a cabo. Poco después Okawa escribiría un libro sobre el nacionalismo indio en el que reivindicaba el liderazgo de Japón en la «misión de unir y liderar a Asia».​



Primeros años

Rash Behari Bose nació en la aldea de Subaldaha, distrito de Purba Bardhaman, Bengala. Su padre era Binod Behari Bose y su madre era Bhubaneswari Devi. La mayor parte de su niñez la pasó en su aldea.
Completó su educación temprana bajo supervisión de su abuelo Kalicharan Bose en Pathsala. Recibió inspiración del movimiento revolucionario oyendo historias de él.
Estudió en Dupleix College con su amigo Shrish Chandra Ghosh. El director, Charu Chandra Roy los inspiró a la política revolucionaria. Más tarde se enroló en la Morton School de Calcuta, y posteriormente se graduó en ciencias médicas e ingeniería en Francia y Alemania.



Actividades revolucionarias

Interesado en las actividades revolucionarias desde temprana edad, se fue de Bengala para evadir los juicios del caso del atentado de Alipore (1908). En Dehradun, trabajó como empleado en el Instituto de Investigación de Bosques. Allí, a través de Amarendra Chatterjee, perteneciente al Jugantar liderado por Bagha Jatin, se conectó secretamente con los revolucionarios de Bengala y conoció a eminentes miembros revolucionarios del Arya Samaj en las Provincias Unidas (actual Uttar Pradesh) y en el Punjab. 
Intento de asesinato de Lord Hardinge en 1912 
En 1912, Bose se vio forzado a pasar a la clandestinidad luego de haber encabezado una conspiración que intentó asesinar a Lord Hardinge, Virrey y Gobernador General de la India entre 1910 y 1916, durante una ceremonia por la transferencia de la capital desde Calcuta a Nueva Delhi, el 23 de diciembre de 1912.
El Virrey fue atacado cerca del Fuerte Rojo por Basanta Kumar Biswas, discípulo de Amrendar Chatterjee. La bomba fue diseñada por Manindra Nath Nayak. Por su participación en el atentando, Bose fue buscado por la policía colonial. Retornó a Dehradun en tren nocturno y al día siguiente regresó a su oficina como si nada hubiera pasado. Incluso organizó una manifestación para condenar el atentado contra el Virrey.
Durante las obras de alivio a las inundaciones de Bengala de 1913, conoció a Bagha Jatin, en quien descubrió a “un genuino líder” que “le dio un nuevo impulso” a su menguante fe revolucionaria.
A partir de ello, durante la Primera Guerra Mundial, se involucró profundamente como una de las figuras clave en la Revolución de Ghadar, que intentó provocar un motín en toda la India en febrero de 1915. Los ghadaritas probos y confiables fueron enviados a varios cuarteles para infiltrarse en el ejército. La idea de los líderes de Ghadar era que, con la guerra en Europa, la mayoría de los soldados se encontraban fuera de la India, y el resto podría ser fácilmente convencido. La revolución fracasó y la mayoría de los revolucionarios fueron arrestados. Pero Bose se las arregló para escapar de la inteligencia británica y partió al exilio en Japón.

El Partido Ghadar y el Motín de Ghadar

Bandera del Partido Ghadar
El Partido Ghadar fue una organización revolucionaria india. Poseía líderes de todas las religiones de la India, incluyendo sijs, hindúes y musulmanes. Fue fundado por la comunidad expatriada india en América del Norte, y llegó a tener su sede en San Francisco, Estados Unidos.
Ghadar es la palabra urdu para “rebelión” o “revuelta”, derivada a su vez del árabe.
Ghadar di Gunj, una temprana compilación de literatura nacionalista y socialista por los ghadaritas, que fue prohibida en la India en 1913
El Partido Ghadar, inicialmente la “Pacific Coast Hindustan Association”, se formó en 1913 en Estados Unidos, bajo el liderazgo de Har Dayal, con Sohan Singh Bhakna como presidente. Reclutaba a sus miembros entre los inmigrantes indios en Norteamérica, en gran medida provenientes del Punjab. Muchos de sus miembros eran también estudiantes de la Universidad de California-Berkeley, incluyendo a Har Dayal, Tarak Nath Das, Maulavi Barkatullah y V. G. Pingle.
Luego de la entrada de Canadá en la Primera Guerra Mundial, la organización pasó a tener su sede en Estados Unidos, y recibió sustancial financiamiento del gobierno alemán.
En 1917 algunos de sus líderes fueron arrestados y enjuiciados en el juicio por la “Conspiración Indo-Alemana”, como bautizaron los británicos a la colaboración del espionaje alemán con los revolucionarios indios.
El Motín de Ghadar, también conocido como la Conspiración de Ghadar, fue un plan para iniciar una sublevación del Ejército de la India Británica en toda la India, en febrero de 1915, con el objetivo de terminar con la dominación británica.
Hacia fines de 1913, el Partido Ghadar estableció contacto con prominentes revolucionarios de la India, entre ellos Rash Behari Bose.
Rash Behari Bose
Para octubre de 1914, un gran número de ghadaritas retornaron a la India y se les asignaron tareas como contactarse con revolucionarios y organizaciones indias, difundir propaganda y literatura, y disponer la obtención de armamento proveniente de Estados Unidos con ayuda alemana.
Entre los retornados estaban Vishnu Ganesh Pingle, Kartar Singh, Santokh Singh, Pandit Kanshi Ram y Bhai Bhagwan Singh, quienes estaban entre el liderazgo más alto del partido.
Estos establecieron rápidamente contacto con las organizaciones revolucionarias indias clandestinas, sobre todo en Bengala, y comenzaron a consolidarse planes para un alzamiento general coordinado con Rash Behari Bose y Bagha Jatin.
Los revolucionarios indios, bajo inspiración de Lokmanya (Bal Gangadhar) Tilak, habían convertido a Benarés en un centro de sedición desde principios del siglo XX. Rash Behari Bose había estado en Benarés desde 1914, en donde lo visitó Pingle con una carta de Bagha Jatin. Este le informaba que unos 4000 sijs del Ghadar ya habían llegado a Calcuta, y 15.000 más estaban esperando para unirse a la rebelión.
Para comienzos de 1915, un gran número de ghadaritas (casi 8000 sólo en la provincia del Punjab, según estimaciones) habían regresado a la India y comenzado a establecer contactos dentro de las guarniciones del Ejército en ciudades importantes como Lahore, Firozpur y Rawalpindi.
Así, el plan del motín tomó su forma final. Según los planes, el 21 de febrero el regimiento de Caballería n°23 del Punjab debía tomar sus armas y matar a sus oficiales. Esto debía ser seguido por un motín en el regimiento n°26 del Punjab, que sería la señal para el comienzo del alzamiento, resultando en un avance sobre Delhi y Lahore. La célula de Bengala debía buscar el diario Punjab Mail al día siguiente en la estación de Howrah (el cual habría sido cancelado si se lograba tomar el Punjab) y debía atacar inmediatamente.
Sin embargo, la inteligencia británica en el Punjab logró infiltrar la conspiración en el último momento a través de Kirpal Singh. Dándose cuenta de la infiltración, los ghadaritas adelantaron los planes para el 19 de febrero, pero incluso estos llegaron a oídos de la inteligencia británica.
Los planes para la rebelión en el regimiento n°26 del Punjab, el n°7 Rajput y el n°24 de Artillería de Jat, no pasaron de la etapa de conspiración. Los motines planeados en Firozpur, Lahore y Agra también fueron suprimidos y muchos líderes clave de la conspiración fueron arrestados.
Esto fue seguido de arrestos en masa, ya que los ghadaritas fueron rodeados en el Punjab y en las Provincias Centrales. Rash Behari Bose logró escapar de Lahore y en mayo de 1915 huyó a Japón. Otros líderes, incluyendo Giani Pritam Singh y Swami Satyananda Puri huyeron a Tailandia u otras naciones amigas.

Japón y el Ejército Nacional Indio

Bose y sus partidarios japoneses en 1916
Bose huyó a Japón en 1915 bajo el alias de Priyanath Tagore, pariente de Rabindranath Tagore. Allí encontró refugio entre varias sociedades panasiatistas. Entre 1915 y 1918 cambió de residencia y de identidad numerosas veces, ya que los británicos continuaban presionando al gobierno japonés para su extradición. Se casó con la hija de Aizō Sōma y Kokkō Sōma, dueños de una panadería en Tokio y distinguidos partidarios del panasiatismo, en 1918, y se hizo ciudadano japonés en 1923, viviendo como escritor y periodista.
Junto con A. M. Nair, fue fundamental en persuadir a las autoridades japonesas de apoyar a los patriotas indios y, al final, de apoyar activamente la lucha de independencia de la India.
Bose convocó una conferencia en Tokio del 28 al 30 de marzo de 1942, en donde se decidió establecer la Liga por la Independencia de la India. Allí hizo aprobar una moción para reunir un ejército que luchara por la independencia de la India. Realizó una segunda conferencia en Bangkok el 22 de junio de 1942. Fue en esta última conferencia en donde se adoptó una resolución para invitar a Subhas Chandra Bose a unirse a la Liga y para que tomara el mando de ésta como su presidente.
Una cena en honor de Bose realizada en 1915 por sus amigos japoneses, Tōyama Mitsuru, líder panasiatista y nacionalista (centro, detrás de la mesa) e Inukai Tsuyoshi, futuro primer ministro de Japón (a la derecha de Tōyama). Bose está detrás de Tōyama.
Los prisioneros de guerra capturados por los japoneses en los frentes de Malasia y Birmania fueron alentados a unirse a la Liga por la Independencia de la India y convertirse en soldados del Ejército Nacional Indio, formado el 1 de septiembre de 1942 como el ala militar de la Liga. Eligió la bandera del movimiento Azad Hind y se la pasó a Subhas Chandra Bose.
Antes de su muerte por tuberculosis, el gobierno japonés le otorgó la Orden del Sol Naciente en segundo grado.

Vida personal

Bose y su esposa Toshiko, alrededor de 1918 
Bose se casó con Toshiko Sōma, hija de los dueños de la panadería Nakamura en Tokio, distinguidos partidarios del panasiatismo. Toshiko murió en 1924, pero llegaron a tener dos hijos: Masahide Bose (Bharatchandra), el varón, nació en 1920. Y Tetsuko, la niña, nació en 1922. Masahide murió durante la Segunda Guerra Mundial a la edad de 24 años.

Bibliografía


21/4/19

Historia del Partido Blanco (o Nacional) uruguayo

Escudo del Partido Nacional

1. Los comienzos: Oribe y la Guerra Grande


La historia del Partido Nacional, al principio “Partido Blanco” (nombre con el que se le conoce popularmente aún hoy), comienza en el siglo XIX con Manuel Oribe, al poco tiempo de crearse el “Estado Oriental del Uruguay”, alrededor de 1830. El 18 de julio de 1830 se juró solemnemente la primera Constitución del país. En agosto, una vez jurada la Constitución, se convocaron elecciones nacionales para designar al cuerpo electoral que nombraría al primer presidente (elecciones indirectas). El elegido fue Fructuoso Rivera, antiguo colaboracionista con los invasores luso-brasileños que los había traicionado para sumarse a la Cruzada Libertadora de Lavalleja. Rivera asumió el 6 de noviembre de 1830. Este primer gobierno estuvo caracterizado por el nepotismo y la corrupción, ya que en su gabinete se destacaba el grupo de los “Cinco hermanos”, todos cuñados y concuñados suyos. Esto alimentó tensiones internas, que fueron canalizadas por Lavalleja, quien se levantó en armas contra Rivera en 1832 y 1834, siendo derrotado en ambas oportunidades. En aquel momento, Manuel Oribe apoyó a Rivera, pese a discrepar con él personalmente, por respeto al orden constitucional.
El 1 de marzo de 1835, finalizado el mandato de Rivera, es elegido presidente Oribe. Su gobierno se caracterizó por una estricta austeridad en las finanzas públicas y una política exterior signada por el nacionalismo y el neutralismo. Entre los aspectos destacados de su obra de gobierno figuran la elaboración del Gran libro de deudas de 1835 (primer esbozo de contabilidad del Estado uruguayo), la creación de un sistema de jubilaciones y pensiones ese mismo año y la fundación de la Universidad de la República en 1838.
Al principio, el gobierno británico intentó “comprar” a Oribe con un “tratado de perpetua alianza” y un empréstito de 3 millones de pesos, pero el gobierno de Oribe los rechazó. Así, el gobierno inglés eligió apoyar a su rival, Rivera, para derrocarlo. Algo similar ocurrió con Francia durante el bloqueo francés al puerto de Buenos Aires en 1838. Francia solicitó a Oribe usar el puerto de Montevideo como base naval, a lo que este, celoso de su neutralidad, se negó. En consecuencia, de forma casi natural, Francia también comenzó a apoyar a Rivera.
Manuel Oribe
Previo al estallido de la “Guerra Grande” (1836-1852), el presidente Oribe había comenzado una investigación sobre la labor administrativa del gobierno anterior. La comisión designada para analizar la administración de Rivera llegó a conclusiones irrebatibles: había habido despilfarro y fraude. En julio de 1836, Rivera, agraviado por las conclusiones a las que había arribado la comisión y destituido del cargo de comandante de campaña, se levantó contra el gobierno y se alió con los unitarios argentinos exiliados, al mando de Juan Lavalle. El 19 de septiembre de ese año, Oribe y Rivera se enfrentaron en la Batalla de Carpintería, en la cual los oribistas portaron como distintivo una divisa blanca con el lema “defensores de las leyes”. Los riveristas, por su parte, utilizaron, para distinguirse, unas divisas de color rojo. Nacieron así los partidos Blanco y Colorado del Uruguay, con sus colores distintivos. Rivera resultó derrotado en la batalla, y se exilió en el vecino estado brasileño de Río Grande do Sul, en donde acababa de estallar la Rebelión de los Farrapos, con cuyos líderes tomó contacto. En octubre de 1837 regresó a Uruguay y, con ayuda del caudillo riograndense Bento Gonçalves, derrotó a Oribe en la Batalla de Yucutujá. En junio de 1838 volvió a derrotar a los blancos en la Batalla de Palmar con el apoyo de Francia, que había ocupado la Isla Martín García y apuntado sus cañones hacia Montevideo, y desarmado la flotilla gubernamental al mando de Guillermo Brown.
El 24 de octubre de 1838, Oribe presentó su dimisión en términos que hablaban de una “licencia temporal” y culpando a Francia por el triunfo de los colorados. El 29 de octubre se exilió en Buenos Aires, en donde fue acogido por Rosas, que lo nombró al mando de los ejércitos de la Confederación Argentina. Mientras tanto, Rivera entró triunfal a Montevideo y se hizo cargo del gobierno con carácter de dictador. Poco después, el 1 de marzo de 1839, se hizo elegir presidente constitucional (1839-1843), declarando la guerra a Rosas como una de sus primeras medidas de gobierno.
Oribe participó de las guerras civiles argentinas, enfrentándose a Lavalle en la Batalla de Quebracho Herrado (Córdoba) en noviembre de 1840, infligiéndole una aplastante derrota. En septiembre de 1841, Oribe derrotó nuevamente a Lavalle en la Batalla de Famaillá (Tucumán). Luego de esta batalla fueron fusilados y degollados numerosos prisioneros, entre ellos el gobernador de Tucumán, Marco Avellaneda, lo que contribuyó a crear la imagen de un Oribe “degollador y asesino” sostenida por sus enemigos. Lavalle huyó hacia el norte perseguido por Oribe, y el 8 de octubre llegó a la ciudad de Jujuy. Allí resultó muerto al día siguiente en un incidente con soldados federales, y su cadáver fue escondido y llevado a Bolivia por sus propios hombres. Oribe regresó triunfante de Jujuy y, al llegar a Entre Ríos, Rivera cruzó el Río Uruguay para enfrentarlo. El 6 de diciembre de 1842 se enfrentaron en la Batalla de Arroyo Grande (Entre Ríos). La victoria de Oribe fue aplastante, y Rivera huyó del campo de batalla abandonando su espada y sus pistolas. Rivera regresó a marchas forzadas a Montevideo, en donde sólo pudo entregar el mando al presidente del Senado, el también colorado Joaquín Suárez, y salir nuevamente a la campaña para recomponer su ejército deshecho. Oribe persiguió a Rivera hasta Montevideo y en febrero de 1843 sus tropas acamparon en el Cerrito. Comenzó así el sitio de Montevideo (1843-1851) y un período de ocho años de bicefalía en el cual Uruguay tuvo dos gobiernos paralelos: en Montevideo, el llamado “Gobierno de la Defensa”, colorado y encabezado por Joaquín Suárez, y en el resto del país, el “Gobierno del Cerrito”, blanco y comandado por Oribe.
No se produjeron en ese tiempo acciones militares decisivas. Oribe hubiera podido atacar Montevideo y tratar de tomarla por asalto en varias ocasiones, pero nunca lo intentó. Rosas ordenó al almirante Brown que bloqueara Montevideo, pero Inglaterra forzó el levantamiento del bloqueo. La ciudad resistía merced al apoyo que le daban los barcos franceses e ingleses.
El Gobierno del Cerrito reconstituyó las cámaras disueltas por Rivera en 1838 y trató de cubrir sus acciones con cierto respeto a la legalidad. Se realizaron elecciones para proveer los cargos que habían quedado vacantes en el Parlamento, y éste renovó periódicamente el mandato de Oribe como presidente.
El Gobierno del Cerrito comerciaba a través del Puerto del Buceo, donde se había instalado una aduana cuyo edificio aún se conserva (la “aduana de Oribe”). A cargo del control de casi todo el país, el Gobierno del Cerrito dejó una ingente obra legislativa, cuyo punto máximo fue la abolición total de la esclavitud en 1846. También se fundaron institutos de enseñanza y se organizó el Poder Judicial, que funcionó de manera independiente.
Ideológicamente, los hombres del Gobierno del Cerrito se consideraban defensores de la soberanía nacional frente a las potencias europeas, y de la legalidad institucional interrumpida en 1838. No hay elemento alguno que confirme que entre los proyectos de los hombres del Cerrito estuviese la reanexión del Uruguay a la Confederación Argentina, como denunciaban y temían sus adversarios.
Por su parte, los hombres del Gobierno de la Defensa se consideraban defensores de las libertades, de los derechos humanos, del progreso proveniente de Europa y de la autonomía nacional respecto a la Argentina, puesta en cuestión por la alianza de Oribe con Rosas. En su empeño, sin embargo, terminaron por rodearse de extranjeros de todo origen (argentinos unitarios, franceses, británicos, brasileros, italianos de Garibaldi, etc.), cuyos designios influyeron decisivamente en su triunfo final.
Imagen de la defensa de Montevideo por los colorados
Mientras Montevideo estaba sitiada, en la campiña uruguaya, Rivera se ocupaba de combatir contra los blancos. Para ayudar a Oribe, Urquiza, por órdenes de Rosas, entró en territorio uruguayo con 3000 hombres para enfrentarse a Rivera, a quien derrotó en marzo de 1845 en la Batalla de India Muerta. Tras una nueva derrota militar en la Batalla del Cerro de las Ánimas, en enero de 1847, Rivera fue forzado a exiliarse en Brasil.
Con la firma de los tratados Arana-Southern (entre la Confederación Argentina e Inglaterra, 1849) y Arana-Lepredour (entre la Argentina y Francia, 1850), que pusieron final al bloqueo anglofrancés al Río de la Plata, el Gobierno de la Defensa de Montevideo parecía condenado a una rápida derrota.
Sin embargo, en 1851 la situación dio un giro radical. Por un lado, el diplomático colorado Andrés Lamas obtenía de parte del Imperio del Brasil el compromiso de intervenir en el conflicto en favor del Gobierno de la Defensa. Y por el otro, Urquiza rompía su alianza con Rosas, firmando el 29 de mayo en Montevideo un tratado de alianza ofensivo-defensiva con el Gobierno de la Defensa y con Brasil. Se sumaron a Urquiza el exgeneral blanco Eugenio Garzón y, ya luego de invadir Uruguay el 19 de julio, los también blancos Servando Gómez y Lucas Píriz, traicionando así a Oribe. El 4 de septiembre, 13.000 brasileños ingresaron por Santa Ana y Oribe comprendió que no tenía posibilidad alguna de resistir. Envió a un negociador ante Urquiza y se retiró al Cerrito. Después de una larga negociación, se firmó, el 8 de octubre de 1851, el acuerdo que ponía fin a la Guerra Grande. El tratado establecía que “no habrá vencidos ni vencedores”, pero lo cierto es que habían ganado los colorados y sus aliados. El Uruguay quedaría bajo el control del Gobierno de la Defensa, Oribe quedaba en libertad y podía disponer de su persona, y los actos del fenecido Gobierno del Cerrito se consideraban legales a todos los efectos. El 12 de octubre se firmaron cinco tratados adicionales entre el gobierno brasilero y el Gobierno de la Defensa, con motivo del apoyo brindado por Brasil:

  1. Un tratado de límites: Se establecía como límite el Río Cuareim, lo que significaba la renuncia definitiva a los territorios de las Misiones Orientales.
  2. Un tratado de “perpetua alianza”, consagrándole a Brasil el derecho de intervención en los asuntos internos.
  3. Un tratado de extradición, en donde Uruguay debía devolver a Brasil los esclavos brasileros fugados.
  4. Un tratado de comercio y navegación, por el cual se le reconocía a Brasil la libre navegación del Río Uruguay y se abolían los impuestos aduaneros a todas las importaciones de ganado en pie de Brasil.
  5. Un tratado de socorro, por el cual Brasil le prestaba a Uruguay 138.000 patacones y Uruguay reconocía una deuda de guerra de 300.000, en garantía del pago de la cual se tomaban como garantía las rentas públicas, especialmente las aduaneras.
Oribe, derrotado, se retiró a su quinta de Miguelete. El 12 de noviembre de 1857 fallecería en Paso del Molino.

2. Luego de la Guerra Grande: El fracaso de la “política de fusión” y los levantamientos colorados de 1853, 1855 y 1857-58


Juan Francisco Giró
Luego de la Guerra Grande hubo un corto período de relativa paz entre los partidos, inaugurándose la “política de fusión”, que buscaba superar las viejas divisiones partidarias. En línea con esta política, la Asamblea General elegida tras la Guerra Grande quiso designar a una figura de consenso para presidir el país. La primera opción era Eugenio Garzón, pero tras su repentina muerte se terminó designando al blanco Juan Francisco Giró, que asumió el 1 de marzo de 1852 y contó con un gabinete mixto bipartidario en el cual se destacaba el nuevo hombre fuerte del Partido Colorado, Venancio Flores, como Ministro de Guerra y Marina y Jefe Político de Montevideo.
Sin embargo, la pugna entre los dos principales partidos se acentuó. Uno de los factores que influyeron para esto fue el manejo de la renta aduanera, que estaba administrada por un directorio mixto, compuesto por representantes del Estado y capitalistas acreedores del mismo. El 30 de marzo de 1852, Giró decretó que sólo el Estado administraría la Aduana, arrebatándoles así a los acreedores la garantía que el Gobierno de la Defensa les había otorgado. Estos comerciantes-capitalistas no se lo perdonarían. Otro de los puntos de conflicto fue la rivalidad entre la Guardia Nacional, que había sido fundada por Oribe, y el Ejército, predominantemente colorado y liderado por Flores.
El 18 de julio de 1853 estalló el levantamiento colorado, liderado por Melchor Pacheco y Obes y apoyado por los acreedores del gobierno. Giró vivió entre julio y septiembre en total incertidumbre. Sus ministros le fueron impuestos por los rebeldes. Al no poder dominar la situación, y forzado por su ministro Venancio Flores, se asiló en la legación de Francia el 24 de septiembre de 1853.
Para culminar el mandato del presidente constitucional, el 25 de septiembre se designó un triunvirato integrado por Flores, Rivera y Lavalleja, pero la pronta muerte de Lavalleja el 22 de octubre, y la de Rivera el 13 de enero de 1854, determinaron que en los hechos fuera Flores quien ejerciera el poder real hasta el 12 de marzo de 1854, cuando fue elegido presidente constitucional para completar el mandato de Giró hasta el 10 de septiembre de 1855. En esa fecha, renunció al cargo debido a la “Rebelión de los Conservadores” (un desprendimiento del propio Partido Colorado). En noviembre de 1855, Oribe y Flores suscribieron el “Pacto de la Unión”, por el cual ambos se comprometían a no presentarse a las siguientes elecciones y apoyar a un candidato común, el cual fue Gabriel Antonio Pereira, quien asumió el cargo el 1 de marzo de 1856.
El gobierno fusionista de Pereira (quien era de origen colorado), hubo de enfrentarse a la Revolución de 1857-1858, comandada por colorados que anteriormente habían fundado el Partido Conservador, y que se saldó con la victoria del bando gubernamental y la Masacre de Quinteros (del 1 de febrero de 1858), en la que fueron fusilados unos 150 prisioneros.
El 1 de marzo de 1860 fue elegido Presidente de la República Bernardo Prudencio Berro, político fusionista del Partido Blanco. En su gabinete de gobierno destacó Luis de Herrera, abuelo de Luis Alberto de Herrera, como Ministro de Guerra y Marina. Durante su gobierno se produjo la recuperación económica del país luego de la Guerra Grande, hecho explicado en gran medida por la introducción del ganado lanar. En línea con su política fusionista, su gobierno prohibió y castigó el uso público de divisas partidarias.

3. La revolución colorada de 1863-1865, la invasión brasileña en apoyo de Venancio Flores y el bombardeo a Paysandú


Bernardo Prudencio Berro
En abril de 1863, Berro hubo de enfrentar el inicio de una insurrección colorada, denominada “Cruzada Libertadora”, dirigida por Venancio Flores, la cual Berro, al final de su mandato, el 1 de marzo de 1864, todavía no había podido sofocar. Flores reivindicaba las libertades para su Partido Colorado (que nunca habían sido cuestionadas), y ponía como pretexto para su empresa la prohibición por parte del gobierno de Berro de un acto de conmemoración de los mártires de Quinteros y los conflictos con la Iglesia, de la cual Flores se presentaba como defensor, haciendo colocar una cruz en sus banderas coloradas y enfatizando el sentido religioso del término “cruzada” con el que denominó a su levantamiento.
De todas formas, el movimiento estaba destinado al fracaso de no contar con los apoyos exteriores con los que contaba. Cuando finalizó el gobierno de Berro y asumió el también blanco Atanasio Aguirre (el 1 de marzo de 1864), se produjo la intervención directa de Brasil y el conflicto se internacionalizó. Tras asumir, Aguirre declaró: “No puede haber paz hasta la destrucción o completa sumisión del enemigo a la ley”. En su gabinete se destacó su Ministro de Relaciones Exteriores, Juan José de Herrera, padre de Luis Alberto de Herrera.
Uno de los apoyos decisivos a la revolución de Flores vino de Brasil. El 12 de octubre de 1864, fuerzas brasileñas al mando del general José Luis Mena Barreto invadieron el país por Cerro Largo. El 20 de octubre, el almirante Joaquim Marques Lisboa, barón de Tamandaré, formaliza la alianza con Venancio Flores, estableciendo la cooperación entre las fuerzas brasileñas y los colorados rebeldes. Hacia fines de noviembre de 1864, Flores, con ayuda brasileña, logró tomar la ciudad de Salto y luego marchó hacia Paysandú.
Atanasio Aguirre
El 6 de diciembre la escuadra de Tamandaré bloquea la ciudad de Paysandú y, casi al mismo tiempo, Mena Barreto y Flores inician el sitio de Paysandú. El 18 de diciembre, en respuesta a estos hechos, el presidente Aguirre manda a quemar todos los tratados firmados con el Imperio del Brasil por el Gobierno de la Defensa en 1851, en una ceremonia pública realizada en la Plaza Independencia.
El 2 de enero de 1865 Paysandú fue finalmente tomada por la coalición colorado-brasileña, después de un intenso bombardeo y de una legendaria defensa. Sus defensores, encabezados por el general blanco Leandro Gómez, fueron fusilados por orden del general colorado José Gregorio Suárez.
Casi al mismo tiempo, estallaba la Guerra de la Triple Alianza, entre Paraguay, por un lado, y la triple alianza entre el Imperio del Brasil, la Argentina mitrista y los colorados uruguayos, por el otro.
Una vez tomada Paysandú, el diplomático brasileño José María da Silva Paranhos ordenó a las tropas ocupantes avanzar hacia Montevideo, y Tamandaré estacionó sus barcos en el puerto de esa ciudad. El Ministro de Guerra del gobierno blanco, Jacinto Susviela, era partidario de resistir, pero el ala “pacifista” dentro del gobierno era partidaria de la capitulación para evitar un sitio prolongado que pudiera dañar los intereses de la burguesía.
El gobierno de Aguirre, animado por las noticias de los éxitos iniciales de los paraguayos en la guerra contra el Brasil y por el levantamiento de algunos caudillos federales del interior argentino contra Mitre, empezó a cavar trincheras para ofrecer resistencia a las fuerzas imperiales. Aguirre era partidario de resistir hasta el fin, pero el 15 de febrero terminaba su mandato constitucional, que quedó en manos del “pacifista” presidente del Senado, Tomás Villalba. Da Silva Paranhos aceptó la virtual rendición ofrecida por Villalba y el 20 de febrero de 1865 las tropas brasileñas ingresaron a Montevideo. Flores tomó el poder como dictador y su primera medida fue derogar la decisión de Aguirre de anular los tratados de 1851. El 1 de mayo de 1865 Flores firmó el tratado de la Triple Alianza con Brasil y Argentina, para llevar en conjunto la guerra contra el Paraguay.


4. La hegemonía colorada


Venancio Flores
La llegada al poder de Venancio Flores con ayuda de los brasileños en 1865 marcó el inicio de una etapa de absoluta hegemonía colorada en el ejercicio del poder. Hasta 1959 el Partido Blanco no volvería a gobernar. Durante esta etapa, el Partido Blanco sería esencialmente un partido de oposición, revolucionario, protagonista de numerosos levantamientos armados en contra del orden fraudulento y semidictatorial instaurado por el Partido Colorado.
El Partido Blanco no concurrió a las elecciones de noviembre de 1867, porque entendía que no había garantías. Flores, al terminar su mandato, entregó el gobierno al también colorado Pedro Varela, presidente del Senado, el 15 de febrero de 1868. El 19 de febrero los blancos se levantaron contra el gobierno. Al mando de Bernardo Berro, tomaron la casa de gobierno, al grito de “¡Abajo el Brasil!” y “¡Viva la independencia oriental y la del Paraguay!”. Pero la rebelión fracasó, y Berro trató de huir. Mientras tanto, el expresidente Venancio Flores era asesinado. Berro fue apresado y llevado al Cabildo. Ignoraba el asesinato de Flores. Fue sometido a vejámenes y asesinado. Su cadáver fue degollado y paseado por las calles de Montevideo. El 1 de marzo asumiría el poder Lorenzo Batlle (1868-1870), el primer presidente perteneciente a la “dinastía” colorada de los Batlle, y padre del famoso José Batlle y Ordóñez.

4.a. Timoteo Aparicio y la Revolución de las Lanzas


Timoteo Aparicio
Durante el gobierno de Lorenzo Batlle, en 1870, estalló una nueva rebelión del Partido Blanco, la Revolución de las Lanzas, dirigida por el caudillo militar Timoteo Aparicio.
Desalojados del poder por la fuerza de las armas extranjeras y perseguidos por el régimen dictatorial del Partido Colorado, los blancos emigraron. El litoral argentino, sobre todo la provincia de Entre Ríos, albergó a cerca de 25.000 orientales. Los blancos comprendieron que la única forma de volver a su país, no ya a recuperar el poder, sino a ganar el derecho a vivir en él en paz, era la vía del levantamiento armado.
El 4 de marzo de 1870, en la ciudad de Concordia, Entre Ríos, los conjurados firmaban el acta de compromiso, en la cual acordaban iniciar el movimiento armado. Al día siguiente unos 40 revolucionarios cruzaban el río Uruguay a la altura del departamento de Salto, y emitían una proclama en donde se proponían devolver a todos los ciudadanos, sin distinción de partidos, el derecho a elegir a sus gobernantes en un clima de respeto a las garantías constitucionales.
El 10 de agosto, cinco meses más tarde, cruzó el río Uruguay y desembarcó en Playa de la Agraciada el general Anacleto Medina, quien de inmediato unió sus fuerzas. El manifiesto emitido por Medina tenía las mismas características que el de Timoteo Aparicio, pero insistía más en el carácter nacional, suprapartidista del movimiento.
En agosto de 1870 las fuerzas revolucionarias tomaron la ciudad de Mercedes. El 6 de septiembre Timoteo Aparicio sitió la ciudad de Montevideo. El 12 de septiembre se le unieron las fuerzas de Anacleto Medina, totalizando así unos 4000 hombres y obteniendo así su primera victoria en la Batalla de Paso Severino. El 29 de septiembre volvieron a triunfar los blancos sobre las fuerzas gubernistas en la Batalla de Corralito. Poco después se incorporarían a las fuerzas revolucionarias los escritores Agustín de Vedia y Francisco Lavandeira, quienes, gracias a una imprenta portátil, iniciaron la edición de un periódico de propaganda llamado “La Revolución”.
El 26 de octubre los rebeldes sitiaron Montevideo por segunda vez. El 29 de noviembre se apoderaron de la Fortaleza del Cerro. Durante este sitio, que duró hasta el 16 de diciembre, se sumaron a las filas revolucionarias muchos jóvenes, como el escritor Eduardo Acevedo Díaz, de 19 años. De su pluma salieron las páginas más dramáticas escritas sobre la guerra civil.
El 16 de diciembre, Timoteo Aparicio levantó el sitio para salir al encuentro del ejército gubernista al mando de Gregorio Suárez, que avanzaba desde el norte en auxilio de la capital. Aparicio lo sorprendió estacionado en el arroyo Solís Grande, y esperaba destrozarlo al día siguiente, pues tenía fuerzas superiores. Pero Suárez, en lo que se considera una hazaña militar, escapó por la noche del cerco, pasando sigilosamente al lado de los propios revolucionarios, y marchó hacia Montevideo.
A partir de ese momento la suerte de la guerra cambió. El 25 de diciembre de 1870, Suárez derrotó a Aparicio en la Batalla del Sauce. Suárez ordenó, después de la batalla, que todos los prisioneros y heridos fueran degollados, se cree que en un número cercano a 600. Los revolucionarios blancos marcharon hacia el norte, instalándose en Durazno.
Bastante tiempo les llevó a los jefes revolucionarios rearmar sus fuerzas después de la derrota de Sauce. Recién el 17 de junio de 1871 se produjo el encuentro que ambos bandos habían eludido hasta el momento: la Batalla de Manantiales, en el departamento de Colonia, en donde las fuerzas del gobierno, conducidas por Enrique Castro, derrotaron completamente a los revolucionarios.
Pero la derrota de Manantiales no extinguió el movimiento revolucionario. Se seguían suscitando diversos combates en múltiples lugares, como el Combate de Paso de los Loros de Arroyo Grande, el 29 de octubre de 1871, en donde fue muerto el coronel colorado Gil Aguirre.
La paz se concretó poco tiempo después. En noviembre de 1871 se iniciaron conversaciones con mediación del gobierno argentino. El veterano diplomático Andrés Lamas asistió en representación del gobierno colorado. El 22 de febrero de 1872 se firmó un acuerdo sobre la base de una amnistía general, elecciones limpias y la provisión a los blancos de jefes políticos en 6 de los entonces 13 departamentos. Pero el gobierno de Batlle declaró que Lamas había “ultrapasado sus atribuciones” y anuló el pacto.
Pero el 1 de marzo de 1872 finalizó el mandato presidencial de Lorenzo Batlle, quien fue sustituido interinamente por el presidente del Senado, Tomás Gomensoro. Éste reanudó las conversaciones de paz y el 6 de abril se firmó, sobre la base del acuerdo de febrero, la llamada “Paz de abril”, en la que el gobierno concedía a los blancos la jefatura política de cuatro departamentos: Cerro Largo, Florida, Canelones y San José.
Pareció abrirse así un ciclo de paz y relativo reparto del poder entre los dos grandes partidos tradicionales. Pero a partir de 1876 comenzaría el largo ciclo del militarismo, establecido por muchos jefes colorados que habían peleado en la Revolución de las Lanzas, como Lorenzo Latorre y Máximo Santos, y que no era otra cosa que una dictadura encubierta, que no haría más que agravar los odios partidistas, los cuales estallarían al final del ciclo, ya no con lanzas y boleadoras, sino con armas modernas, en las contiendas civiles de 1897 y 1904.
Al finalizar la Revolución de las Lanzas, el Partido Blanco cambió su nombre por el de “Partido Nacional”, quizás inspirados por la proclama de Anacleto Medina durante la revolución: “Nuestro partido es el gran partido nacional, formado por todos los buenos orientales”.
Sus reclamos siempre fueron los mismos: honestidad administrativa y limpieza electoral. Un gobierno y un Estado para todo el país, frente al exclusivismo burocrático-doctoral y militar del coloradismo. Un gobierno y un Estado en los que pudiera tener participación el partido derrocado por la intervención extranjera, y no sólo el partido entronizado por ella.

4.b. Aparicio Saravia y la Revolución de 1897


El período del “militarismo” llegó a su fin en torno a 1890, el terminar la presidencia de Máximo Tajes. Lo sucedió Julio Herrera y Obes, que inauguró la etapa “civilista” de la administración del país, aunque sin dejar atrás las prácticas autoritarias y exclusivistas de su partido en el manejo del poder. La práctica del fraude era abierta y generalizada, y en respuesta a ella, el Partido Nacional efectuó una política de abstención electoral, por ejemplo, en las elecciones legislativas de noviembre de 1890. La práctica fraudulenta de los colorados en el poder tuvo su legitimación teórica con la doctrina de la “influencia directriz”, enunciada precisamente durante el gobierno de Herrera y Obes, según la cual era el presidente quien debía designar a su sucesor en el cargo.
Reducida a su mínima expresión la coparticipación pactada en la “Paz de Abril” de 1872 (los blancos pasaron de tener cuatro de los trece jefes políticos departamentales del país, a tener sólo tres de los diecinueve existentes en 1890), los blancos se sintieron, una vez más, marginados y comenzaron a preparar una nueva revolución.
Aparicio Saravia era un estanciero hijo de brasileños que había participado, junto con sus hermanos, en la Revolución de las Lanzas, así como también en la Revolución Federalista Riograndense en Brasil en 1893. Allí se había ganado el grado de General. Durante la presidencia de Herrera y Obes, en vista de las violaciones a los términos de la Paz de Abril por parte del gobierno, Aparicio lideraría al Partido Nacional en el interior del país.
Aparicio Saravia
En 1894 llegó a su fin la presidencia de Herrera y Obes. En el Senado, resultó electo para sucederlo Juan Idiarte Borda. Los blancos se sintieron excluidos del gobierno y consideraron que los colorados habían violado nuevamente los términos de la Paz de Abril.
Comenzaron a formarse clubes políticos blancos que propugnaban un levantamiento armado. Uno de ellos fue el Club “Gumersindo Saravia”, fundado por los hermanos Antonio Florencio (llamado “Chiquito”) y Aparicio Saravia, y que llevaba el nombre del hermano mayor de ambos, muerto durante la Revolución Federalista Riograndense. El directorio oficial del Partido Nacional, de hecho, se oponía a un levantamiento, al que calificaba de “movimiento anárquico”.
En noviembre de 1896, mientras se realizaban elecciones para integrar el Senado que debía elegir al sucesor de Idiarte Borda, Aparicio comenzó el alzamiento. El 25 de noviembre leyó una proclama en la que llamaba a los blancos a las armas contra un gobierno “que nos degrada ante propios y extraños”. Pero cuando el presidente Idiarte Borda movilizó a las fuerzas gubernamentales, los revolucionarios optaron por dispersarse el 8 de diciembre de 1896. Saravia pasó al Brasil, y declaró que “la revolución recién empieza”.
Inició contactos con el caudillo riograndense João Francisco Pereira de Souza, que le proporcionó armas y escondites, y reanudó sus contactos con la “Junta de Guerra” blanca formada en Buenos Aires, encabezada por Juan Golfarini y Duvimioso Terra, ante la cual envió a su hermano “Chiquito”.
La Junta no veía en Saravia un jefe confiable, pero contaba con el concurso de los coroneles José Núñez y Diego Lamas. Con esta base, la Junta decidió dar armas y dinero a Saravia, y designarlo General en Jefe del nuevo alzamiento.
El 5 de marzo de 1897, Saravia, acompañado de 383 hombres, ingresó al territorio uruguayo desde el Brasil. Desde Entre Ríos, Argentina, ingresaron casi al mismo tiempo tres columnas más: La de Diego Lamas, que contaba con 22 hombres (los legendarios “veintidós de Lamas”), entre los que se encontraba un joven Luis Alberto de Herrera; la “Columna del Uruguay”, que integraban dos escritores prestigiosos: Eduardo Acevedo Díaz y Carlos Roxlo, con 200 soldados; y la de José Núñez, con 517 hombres.
El escritor blanco Eduardo Acevedo Díaz
El futuro caudillo blanco Luis Alberto de Herrera en la revolución de 1897
Lamas se movió hacia el norte, incorporando revolucionarios de San José y Flores, hasta reunir 700 hombres, y el 15 de marzo se encontró con José Núñez y sus tropas. Dos días después, tropas del Ejército gubernamental atacaron a los revolucionarios en las costas del Arroyo Tres Árboles, y sufrieron una grave derrota. La batalla de Tres Árboles pasó a constituir uno de los elementos de culto de la historia blanca, y la marcha partidaria del Partido Nacional hasta el día de hoy lleva este nombre.
Entre tanto, el 19 de marzo, las tropas de Aparicio y “Chiquito” chocaron con las de Justino Muniz, blanco traidor que comandaba el Ejército gubernista. “Chiquito” resultó muerto en el encuentro.
El 28 de marzo, la columna de Lamas (victoriosa) y la de Saravia (derrotada) se reunieron en Tupambaé. Se sucedieron las batallas de Cerro Colorado, Cerros Blancos y Guaviyú. Después los blancos tomaron la ciudad de Rivera y marcharon hacia Salto. De nuevo en el noreste, se entabló la batalla de Aceguá. Luego hubo un armisticio de diez días, fruto de conversaciones de paz.
El gobierno recibía cada vez más presiones en busca de la paz. Se pronunció en ese sentido una manifestación de 20.000 personas en Montevideo con la consigna “La paz a cualquier precio”, así como también la Cámara Nacional de Comercio, la Asociación Rural del Uruguay, las organizaciones estudiantiles, e incluso algunos sectores del propio Partido Colorado, como el emergente líder José Batlle y Ordóñez. El presidente Idiarte Borda, sin embargo, se mantuvo intransigente. Pero cuando, el 25 de agosto, el joven Avelino Arredondo, partidario de una facción rival del Partido Colorado, lo mató de un balazo, el titular del senado, Juan Lindolfo Cuestas, se hizo cargo de la presidencia y de inmediato reanudó las conversaciones de paz, las cuales culminaron con el “Pacto de la Cruz”, del 18 de septiembre de 1897.
El pacto establecía:

  1.         La renuncia a la lucha armada.
  2.         Una reforma electoral que permitiese una representación de las minorías.
  3.         El compromiso de elegir como Jefes Políticos departamentales a ciudadanos que “ofrezcan amplias y eficaces garantías”.
  4.         Una amnistía que incluía la reposición en sus puestos de los que habían sido destituidos por considerárselos vinculados al levantamiento.
  5.         Una indemnización de 200.000 pesos a los blancos.
  6.           El compromiso de adoptar medidas que apliquen en la realidad el principio de la igualdad entre orientales.
Junto a estas cláusulas escritas, se convino un acuerdo verbal por el cual seis Jefaturas Políticas serían provistas directamente por el Partido Nacional.
Saravia dejó sus tropas el 24 de septiembre, después de que el gobierno designara Jefes Políticos blancos en los departamentos de Maldonado, Flores, Cerro Largo, Treinta y Tres, Rivera y San José. El país quedó, de facto, dividido en dos gobiernos: el “oficial” colorado desde Montevideo, y el de Saravia desde su estancia de “El Cordobés”, dada la absoluta primacía que había adquirido como caudillo de su partido. La situación política quedó congelada hasta la elección de José Batlle y Ordóñez en 1903 y la consiguiente Revolución Blanca de 1904.

4.c. Aparicio Saravia y la Revolución de 1904


Aparicio Saravia en 1904
El 1 de marzo de 1903 resultó electo presidente José Batlle y Ordóñez, hijo del anterior presidente Lorenzo Batlle, con los votos favorables en el Congreso de una facción del Partido Nacional encabezada por Eduardo Acevedo Díaz, quien se había ido acercando progresivamente al batllismo. Como resultado de esto, Acevedo Díaz fue expulsado de su partido. Batlle no respetó los términos del Pacto de la Cruz, ya que designó como Jefes Políticos en dos de los seis departamentos reservados a los blancos (Rivera y San José) a hombres de Acevedo Díaz, llamados “calepinos”. Batlle tenía intención de denunciar el Pacto de la Cruz desde antes de su elección, aspirando a “la reconquista de los departamentos” por el Partido Colorado.
El departamento de Rivera, fronterizo con Brasil, era una fuente estratégica de pertrechos militares para el Partido Nacional, y este no se podía permitir perderlo, por lo cual Saravia le ordenó al jefe político de Rivera que no entregara el poder, y se dispuso a realizar una “protesta armada”, reuniendo a unos 15.000 hombres, el 16 de marzo de 1903. Después de una dramática negociación, el 22 de marzo se llegó a un acuerdo que evitó la guerra civil: el Pacto de Nico Pérez, según el cual el Partido Nacional controlaría Rivera y otros cuatro departamentos, pero Batlle designaría libremente al jefe político de San José. Batlle pasó el resto de 1903 preparándose para una eventual guerra con los blancos: armó al Ejército con modernos fusiles Mauser y ametralladoras Colt, así como también cañones Canet de 75 mm.
El fronterizo estado brasileño de Río Grande do Sul atravesaba en ese entonces por una situación política tensa, con el enfrentamiento entre los federales y los centralistas, comandados estos últimos por João Francisco Pereira de Souza. El 16 de marzo de 1903, los hombres de este último habían irrumpido en la ciudad uruguaya de Rivera y habían destruido las instalaciones de dos periódicos publicados por los federales riograndenses, asesinando a algunos de sus responsables. Saravia, quien, como ya hemos visto, era amigo de Pereira de Souza, se molestó sin embargo ante esta violación de la soberanía nacional, y decidió cambiar al jefe político de Rivera por Carmelo Cabrera, para que no volviera a permitir un episodio como este.
Sin embargo, el 1 de noviembre de 1903, hubo un incidente de borrachos en el cual un ciudadano brasileño, llamado Gentil Gomes, que era hombre de Pereira de Souza, cometió varios desmanes. Como resultado de esto, Cabrera ordenó su encarcelamiento y el de sus secuaces. Poco después, se reunieron en la frontera unos 400 hombres de Pereira de Souza, encabezados por Ataliva Gomes, quien era hermano del protagonista del incidente, exigiendo la liberación de los detenidos. Cabrera intentó negociar con los brasileños, liberando a todos los detenidos menos precisamente a Gentil Gomes. Ante la negativa de Cabrera a liberarlo, los brasileños entraron en Rivera en actitud francamente agresiva. Cabrera entonces telegrafió al presidente para informarlo de la situación y pedir auxilio. Batlle ordenó no liberar a Gomes, y envió a Rivera dos regimientos de caballería. Sin embargo, a medianoche, uno de los custodios de Gomes lo puso en libertad y se fue con él a territorio brasileño. Con ese hecho debió darse por concluido el incidente, pero el 2 de noviembre entraron en Rivera los dos regimientos enviados por el gobierno. El día 3, el directorio del Partido Nacional, presidido por Alfonso Lamas, pidió la retirada de las tropas, dado que el motivo que había determinado su entrada a Rivera ya estaba superado. El presidente se negó, alegando que era su derecho constitucional enviar tropas a cualquier zona del país, e incluso ordenó a los regimientos que estuviesen listos para combatir si se los intentaba expulsar violentamente. Saravia se reunió entonces con Lamas y otros miembros del directorio del Partido Nacional, y acordaron poner un plazo límite a la presencia del Ejército en Rivera. Si para el 15 de enero no se habían retirado, se le enviaría un ultimátum al presidente.
Batlle, quien según el historiador Lincoln Maiztegui Casas consideraba propicio aquel momento para librar una guerra, a la que veía como inevitable, decidió aprovechar la coyuntura para provocarla y definir de una vez la tensa situación política. El 29 de diciembre comenzó a enviar tropas por todo el país, incluidos los departamentos blancos. El directorio del Partido Nacional consideró entonces anulados todos los acuerdos y Saravia dio órdenes de movilización, aunque evitando de momento los enfrentamientos.
José Batlle y Ordóñez
Entre el 1 y el 2 de enero se buscó por todos los medios un acuerdo que evitara nuevamente la guerra civil. Batlle presentó entonces una propuesta el 3 de enero: si se llegaba a un acuerdo electoral y los blancos se comprometían a no iniciar acciones armadas, él retiraría las tropas. El 5 de enero, Aureliano Rodríguez Larreta se entrevistó en Melo con Saravia, quien aceptó la propuesta presidencial. Tres días después, el 8 de enero de 1904, el intermediario comunicó al Ministro de Hacienda Martín C. Martínez que la paz era un hecho. Pero cuando el ministro habló con el presidente, éste respondió con la frase “Ya es tarde”. Este tajante veredicto significaba la guerra. De inmediato, la policía comenzó a detener dirigentes blancos en todo el país. Los blancos describían así la situación: “El gobierno se ha sublevado”.
El 9 de enero Aparicio atacó a una pequeña fuerza colorada, dispersándola y marchando hacia el sur sobre las fuerzas de Justino Muniz. Batlle envió 6.000 hombres para respaldar a Muniz, produciéndose el 14 de enero el primer combate de gran amplitud, la batalla de Mansavillagra. La gran capacidad de fuego de las tropas coloradas destrozó las barricadas de Aparicio y este debió retirarse. Durante siete días los blancos huyeron hacia Melo. El 21 de enero, al frente de 15.000 hombres, Saravia atravesó la ciudad de Melo, luego dividió a sus tropas en tres grupos y aparentó internarse en Brasil. Muniz envió al gobierno noticias de victoria. Pero mientras este perseguía a Basilio Muñoz hacia el norte, Saravia –más un guerrillero astuto que un buen jefe de ejército– giró hacia el sur, atravesó a marchas forzadas Lavalleja y Florida, y llegó hasta el río Santa Lucía. Los revolucionarios obtuvieron una sorpresiva victoria en la batalla de Fray Marcos el 31 de enero, y el camino hacia Montevideo pareció expedito.
En la capital cundió el pánico y Batlle ordenó cavar trincheras en Paso Molino y reforzar la Casa de Gobierno. Pero la toma de Montevideo no estaba en los planes de Saravia, pues las intactas tropas del Ejército que estaban en el interior del país lo encerrarían fácilmente. En lugar de eso, marchó hacia el litoral del río Uruguay, en procura de armas que serían enviadas por la Junta de Guerra formada en Buenos Aires, esta vez con respaldo del directorio partidario.
Saravia fue sorprendido por Muniz y derrotado en la batalla de Paso del Parque el 2 de marzo. Perdió muchos hombres y pertrechos, pero logró escapar. El 13 de marzo los revolucionarios ingresaron a la ciudad de Rivera, donde se reorganizaron y reunieron 15.000 hombres. Pero sólo la mitad estaban armados. Sus enemigos por su parte tenían 12.000 hombres con mejor entrenamiento y equipo. Luego marcharon hacia el sureste, cruzaron el río Negro, atravesaron los departamentos de Treinta y Tres, Florida y Lavalleja, y el 13 de mayo ingresaron a Minas. Tras una escaramuza con Muniz en el paso de los Carros del río Olimar Grande (20 de mayo), Saravia ordenó la retirada hacia el norte.
Paralelamente, el presidente solicitó al gobierno de Estados Unidos, a través de su embajador en Washington, Eduardo Acevedo Díaz, que presionara a la Argentina para que evitara proveer de pertrechos a los revolucionarios. Batlle tenía la convicción de que el presidente argentino, Julio Argentino Roca, estaba haciendo la “vista gorda” ante las reiteradas provisiones de armamento a los blancos desde territorio argentino. Además, sentía una profunda admiración por el presidente de EE.UU. Theodore Roosevelt, a quien consideraba “paladín esforzado de todas las causas justas”. Por ello no dudó en solicitar la presencia de buques de guerra norteamericanos en el puerto de Montevideo, a manera de disuasivo, para garantizar la neutralidad de la Argentina en la guerra civil. Finalmente, las gestiones uruguayas rindieron frutos, pero los barcos estadounidenses llegaron a Montevideo cuando la guerra ya estaba acabada.
Acampado sobre el río Negro, Saravia envió una columna al mando de Abelardo Márquez hacia Bella Unión, para que recogiese 1.700 fusiles y 250.000 cartuchos que la Junta de Guerra había logrado comprar en Buenos Aires. Márquez cumplió el encargo, pero recibió del enviado de la Junta, Carlos Berro, la orden de tomar la ciudad de Salto, que esperaban convertir en “capital revolucionaria” para así obtener el reconocimiento internacional como bando beligerante, en igualdad con el gobierno de Montevideo. Márquez fue rechazado en Salto y el 6 de junio, en la batalla de Guayabos, perdió todo el armamento.
Saravia mantuvo el desastre en secreto, y después de una reunión de jefes, se resolvió atacar directamente al Ejército de Galarza, estacionado en Cerro Largo. La batalla de Tupambaé –más de 2.300 muertos y heridos–, la más sangrienta de la guerra civil junto con la batalla de Masoller, se peleó el 22 y el 23 de junio; a ambos bandos se les agotaron las municiones y los blancos se retiraron.
Gregorio Lamas sostenía que la derrota por falta de armas y municiones era inminente. Saravia envió entonces hacia el norte al grueso de su desharrapado ejército, en busca de armas que proporcionaría João Francisco Pereira de Souza y, al frente de una pequeña fuerza, emprendió una insólita persecución de Galarza. Éste, escaso de armas y sin un conocimiento cabal de la situación, no presentó batalla y continuó retirándose hacia el sur, hasta que en el arroyo de las Pavas recibió pertrechos y dio la vuelta. Saravia giró hacia el norte, para lo cual atravesó el río Negro sobre el paraje de Picada de Osorio, en Cerro Largo.
Los blancos se reunieron en Rivera y marcharon hacia el litoral del río Uruguay, donde debían recibir otra partida de armas. Ocuparon Bella Unión el 20 de agosto y atravesaron el río Uruguay hacia la ciudad de Monte Caseros, en la provincia de Corrientes, Argentina, en donde recogieron 1.288 fusiles, 700.000 cartuchos y dos viejos cañones Krupp. Con una moral muy elevada, los blancos se aprestaron a librar un combate que podía ser decisivo: en ese momento eran 6.500 hombres, a los que se sumaban unos 13.000 que poseían apenas armas blancas y algunas viejas pistolas.
El 1 de septiembre los blancos decidieron combatir. Se sentían más fuertes que nunca y probablemente deseaban mejorar su posición en las negociaciones de paz. Sin embargo, la sangrienta batalla de Masoller, que parecía favorable a los revolucionarios, derivó en la dispersión y posterior derrota de los blancos después de que Saravia fuese herido en el vientre por un disparo de Mauser mientras recorría el frente a unos 200 metros de las líneas enemigas. Moriría nueve días después en territorio brasileño.
Cuando la tropa conoció la noticia, comenzó a dispersarse. Los jefes riñeron entre sí y se llegó al extremo de ofrecerle el mando a João Francisco Pereira de Souza, quien lo rechazó. Tampoco la delegación de un triunvirato de caudillos —Basilio Muñoz, Juan José Muñoz y José González— pudo salvar la situación. Aquel era un ejército saravista y, muerto Saravia, perdió su cohesión y mística.
Finalmente, Basilio Muñoz firmó la Paz de Aceguá el 24 de septiembre de 1904, que implicó una rendición; los sublevados obtuvieron solamente una amnistía general y la vaga promesa de una reforma constitucional, que recién se lograría en 1918. El resto de la tropa revolucionaria entregó las armas el 9 de octubre en Nico Pérez, y a cambio recibió una pequeña retribución.
La Revolución de 1904 fue la última “patriada” al estilo del siglo XIX, y movilizó a un número elevadísimo de combatientes en un país que no superaba el millón de habitantes. Manifestó la aspiración de los blancos de gozar de garantías electorales –representación de minorías, voto secreto– y transparencia administrativa. Tras la paz se inició el poderoso ciclo del “batllismo”, que signó la historia del Uruguay durante al menos cinco décadas.

4.d. El liderazgo de Luis Alberto de Herrera


Un joven Luis Alberto de Herrera
Para seguir la evolución del Partido Nacional en las décadas siguientes, es preciso describir primero cómo fue el Uruguay del batllismo, puesto que el Partido Nacional se desarrolló, en gran medida, “por oposición” a lo que hacía el batllismo en el poder.
Batlle era un “progresista” convencido. Una de sus políticas prioritarias fue la secularización del Estado. En los años inmediatamente posteriores a la batalla de Masoller, se prohibió el uso de crucifijos en los hospitales (1906), y se eliminaron las referencias a Dios y a los Evangelios en los juramentos públicos. También se promulgó la ley de divorcio (1907).
La primera presidencia de Batlle finalizó en 1907. Este eligió como su sucesor a Claudio Williman, quien asumió el 1 de marzo de ese año. La ley uruguaya prohibía que los presidentes fueran reelegidos para dos mandatos consecutivos. Durante la mayoría del tiempo que transcurrió entre sus dos mandatos, Batlle viajó por Europa, recogiendo ideas para nuevas reformas políticas y sociales, que aplicaría durante su segunda presidencia.
En 1911 resultó electo para un segundo período. Fue en este mandato cuando introdujo la mayor cantidad de reformas. En 1913 propuso una reforma constitucional cuya principal característica era la creación de un gobierno colegiado para reemplazar a la figura del presidente, a imitación de Suiza, creyendo que de esa manera se neutralizarían las tentaciones autoritarias de un ejecutivo unipersonal. La propuesta se enfrentó a una fuerte oposición, no sólo de los blancos, sino también de muchos colorados, hasta que fue finalmente descartada en 1916. Pero Batlle logró un acuerdo con una facción de los blancos para instaurar un sistema mixto: el presidente conviviría con un “Consejo Nacional de Administración”, que se encargaría de todas las funciones ejecutivas que no fueran las relaciones internacionales, la seguridad interior o la defensa nacional. Este “colegiado” encarnaba un mecanismo de coparticipación en el poder, y consistía de nueve miembros: seis del partido mayoritario y tres del minoritario.
Entre las reformas socioeconómicas del batllismo en esta época estuvieron: la indemnización por desempleo (1914), la jornada de trabajo de ocho horas (1915), y la estatización del Banco Nacional (1911-1913), del Banco Hipotecario (1912) y de los seguros (1911). También se estableció un sistema de protección industrial, con tarifas de importación para la maquinaria y las materias primas.
En cuanto a la reforma constitucional, esta se concretó durante el gobierno de su sucesor, Feliciano Viera. Durante el gobierno de este se realizaron elecciones para la Asamblea Constituyente (1916), en donde los blancos obtuvieron la primera minoría, con 105 diputados, seguidos por los colorados batllistas, con 87, y los colorados antibatllistas, con 22. Además del gobierno mixto presidencial-colegiado, la Constitución reformada incluía: la separación de la Iglesia del Estado y la creación de un Estado laico; el cambio del nombre oficial del país, de “Estado Oriental del Uruguay” a “República Oriental del Uruguay” y una serie de derechos y garantías electorales: sufragio universal para todos los hombres mayores de 18 años que no fueran soldados y voto secreto. La nueva Constitución fue aprobada en referéndum en noviembre de 1917, con un 95,15% de votos a favor, y entró en vigor el 1 de marzo de 1919. Era la primera vez que los colorados en el poder otorgaban garantías efectivas a la oposición.
La principal figura del Partido Nacional en esos años, y también en las décadas siguientes, fue Luis Alberto de Herrera, hijo del ya mencionado Juan José de Herrera. Herrera nació en 1873 en Montevideo. A los 23 años participó en la Revolución de 1897. Como ya hemos visto, fue uno de los “veintidós de Lamas”, que desembarcaron el 5 de marzo de 1897 en Puerto Sauce, Departamento de Colonia, para iniciar la revolución. Narraría su experiencia durante la revolución en su primer libro, Por la patria, escrito en 1899.
En 1900 fundó el diario La Democracia, junto a Carlos Roxlo. Entre 1901 y 1904 estuvo en Estados Unidos como encargado de negocios de Uruguay ante ese país y Canadá. En 1903 se recibió de abogado, aunque nunca llegaría a ejercer la profesión. Participó también en la revolución blanca de 1904, y fue uno de los redactores del documento de la Paz de Aceguá. En 1905 fue electo diputado por Montevideo. En febrero de ese año, junto a Carlos Roxlo, presentó un proyecto de limitación de la jornada laboral, que reducía a esta a 11 horas (incluyendo dos de descanso). Este proyecto fue verdaderamente pionero en su género en Uruguay; recordemos que la ley de jornada laboral de 8 horas, por la cual el batllismo es siempre reconocido, fue recién aprobada en 1915 (es decir, diez años después). Además, el proyecto de Herrera-Roxlo trascendía a la simple limitación de las horas de trabajo, y constituía, en verdad, un pequeño “Código del Trabajo”, que incluía medidas sobre contratos (que recién legislaría el Uruguay batllista en 1944), sobre convenios colectivos, sobre el derecho de huelga (que recién fue reconocido en la Constitución de 1934, durante la dictadura del colorado Gabriel Terra), sobre el descanso semanal obligatorio (que recién se votó en 1920), sobre indemnización por accidentes de trabajo (que sólo se aprobó en 1914), y muchas medidas de higiene y seguridad industriales. El capítulo 6 del proyecto reglamentaba el trabajo de mujeres y niños, prohibiendo el empleo de menores de 12 años, y el trabajo nocturno de mujeres menores de 21 y hombres menores de 15. A pesar de todo, el proyecto no fue ni siquiera considerado en el Congreso.
Carlos Roxlo
La “Ley del mal tercio” (que elevaba de 1/4 a 1/3 la cantidad de votos requeridos para que el partido minoritario pudiera alcanzar representación parlamentaria; en siete departamentos, el número de bancas asignado no permitía el tercio, por lo que la minoría quedaba sin representación en todos ellos) y otras decisiones del ejecutivo de Batlle objetadas por los blancos, hicieron que el diario La Democracia iniciara una virulenta campaña periodística en contra del presidente. En marzo de 1906, Batlle impuso una clausura transitoria a los diarios La Democracia y La Razón. Sin embargo, Herrera y Roxlo continuaron la edición de todos modos. Entonces Batlle dio orden de intervenir la imprenta, pero los responsables se buscaron otra. A consecuencia de esto, Batlle dio orden de detener a Herrera, violando sus fueros parlamentarios. Una vez en libertad, Herrera retó a duelo a Batlle, quien se excusó con el argumento de que, dado su carácter de presidente, no podía batirse. Herrera se batió el 22 de abril de 1906 con el hijo de la esposa de Batlle, Ruperto Michaelson Pacheco, sin consecuencias.
En los años siguientes, Herrera fue el principal negociador blanco en la tarea de reformar el sistema electoral. En 1907, el Partido Nacional se dividió entre “conservadores” (partidarios del abandono de la lucha armada) y “radicales”. En 1910, la fracasada tentativa revolucionaria de Basilio Muñoz pareció confirmar la postura de los “conservadores” de que la hora de la revolución armada había pasado. Herrera se convirtió en líder de los “conservadores” dentro del partido.
Entre 1908 y 1911, fruto de la herencia documental de su padre, quien había sido representante del gobierno de Bernardo Berro ante el Paraguay en 1862, y luego Ministro de Relaciones Exteriores de ese mismo gobierno, Herrera escribió La diplomacia oriental en el Paraguay (libro de dos tomos). En 1908 también contrajo matrimonio con Margarita Uriarte Olascoaga, con quien tuvo una hija, María Hortensia, madre, a su vez, de Luis Alberto Lacalle, que llegaría a ser Presidente de la República (1990-1995).
En 1910 escribió La Revolución Francesa y Sudamérica, y en 1912 El Uruguay internacional. En 1914 viajó a Paraguay para reforzar viejos lazos históricos del Partido Nacional con aquel país, y fue nuevamente electo diputado, esta vez por el Departamento de Río Negro.
En 1915, ya durante el gobierno de Feliciano Viera, apoyó la reforma constitucional en gestación, lo que le valió la práctica ruptura con el sector mayoritario de su partido en ese entonces. A partir de ese momento se convirtió en el líder indiscutido de un sector partidario, que con el tiempo se conocería como “herrerismo”. Ante las elecciones para la nueva Asamblea Constituyente de 1916, el Partido Nacional se dividió en "lussichistas" (seguidores Arturo Lussich) y "herreristas", lo que sería el preludio de ulteriores rupturas.
En 1916 fue electo miembro de la Asamblea Constituyente que se reunió para reformar la Constitución y, como ya hemos visto, esos comicios (los primeros con voto secreto, una vieja reivindicación blanca) significaron la primera victoria electoral blanca en 50 años, con el Partido Nacional obteniendo 105 de los 218 diputados de la Asamblea y 46,6% de los votos. En 1917 la nueva Constitución fue sometida a referéndum y aprobada con el 95,15% de los votos, y entró en vigor el 1 de marzo de 1919.
En 1920, Herrera fue electo presidente del directorio del Partido Nacional. En 1921 el partido sufriría su primera escisión, con la expulsión de Lorenzo Carnelli, blanco de tendencias socialistas, admirador de los fundadores de socialismo utópico, Owen, Fourier y Blanc, quien, a raíz de su expulsión, en 1925 fundaría el Partido Blanco Radical. Carnelli, como Roxlo y el propio Herrera en sus inicios, puede considerarse parte de una tendencia “obrerista” y socializante dentro del Partido Nacional, preocupada por el mejoramiento del nivel de vida de los trabajadores. Entre sus propuestas parlamentarias destacan: la Ley de Caja de Jubilaciones, la Ley de trabajo nocturno, la Ley de vivienda decorosa, la de prevención de accidentes de trabajo, la de descanso semanal, la de salario vacacional y la de licencia obligatoria.
En las elecciones presidenciales de 1922 (las primeras tras la entrada en vigencia de la nueva Constitución, en 1919), Herrera fue por primera vez candidato a presidente, obteniendo el 47,12% de los votos y siendo derrotado por escaso margen ante el colorado José Serrato, que obtuvo el 50,05%. En 1925 le tocó integrar el Consejo Nacional de Administración, organismo de gobierno “colegiado” creado por la Constitución de 1918, presidiendo el mismo entre 1925 y 1927.
Compitió por segunda vez por la presidencia en las elecciones de 1926, en donde la escisión de Carnelli de 1925 le costó a Herrera la derrota por estrechísimo margen: 48,41% frente al 48,96% de los colorados, con lo cual, si el Partido Blanco Radical de Carnelli, que obtuvo el 1,33%, hubiera concurrido bajo el mismo lema que el Partido Nacional (en Uruguay regía la “Ley de lemas” desde 1910), los blancos hubieran ganado.
Ese mismo año, también gracias al legado de su padre, de quien había heredado valiosos documentos históricos, escribió su libro El drama del 65: La culpa mitrista, acerca del papel del gobierno argentino de Mitre en la revolución colorada de Venancio Flores de 1863-1865.
En 1927 viajó a Londres en misión diplomática de cortesía. Allí recopiló información relativa a las gestiones de lord John Ponsonby tras la Guerra del Brasil (las cuales determinaron la creación de Uruguay como estado independiente en 1828), lo que más tarde se convertiría en su libro historiográfico, La misión Ponsonby, publicado en 1930.
Ese mismo año perdió por tercera vez las elecciones presidenciales frente a Gabriel Terra, quien asumió el 1 de marzo de 1931.
Gabriel Terra
En 1931 se produjo una nueva escisión en el Partido Nacional, esta vez del sector principista, llamados “conservadores”, con Arturo Lussich y Martín C. Martínez a la cabeza, quienes fundan el Partido Nacional Independiente. La división partidaria entre “radicales” y “conservadores” ya estaba superada desde hacía dos décadas, pero esta vez, a raíz de la derrota frente a Terra, el partido se había dividido entre “conservadores” y “demócratas”, con total inversión de significados, ya que de los “radicales” de antaño se nutrieron los nuevos “conservadores”, mientras que de los “conservadores” de la primera época surgió el bando de Herrera, el de los “demócratas”. Con el tiempo, su facción se haría conocida como “herrerismo”.
También en 1931, Herrera funda el diario El Debate. En 1932 regresó al Paraguay para respaldar a ese país durante la Guerra del Chaco, por lo cual el gobierno paraguayo le otorgó el grado de General.
El 31 de marzo de 1933, el presidente Terra dio un autogolpe e instauró una dictadura de influencias fascistizantes, a la moda política de la época. Herrera coincidía con Terra en la necesidad de modificar la Constitución de 1918 y cambiar el poder ejecutivo bicéfalo, que consideraba inoperante. Por lo mismo, Herrera apoyó el autogolpe de Terra, a pesar de la filiación colorada de este. Terra decretó la disolución del parlamento y del Consejo Nacional de Administración, y sustituyó al primero por una “Asamblea Deliberante”.
En 1934 se reformó la Constitución. Se suprimió el Consejo Nacional de Administración, se creó el cargo de vicepresidente y se reformó la integración de Senado, creándose el “Senado de 15 y 15” o “Senado de medio y medio” (el Senado uruguayo aún hoy está compuesto por un total de 30 miembros), ideado para otorgarle la mitad de los senadores a cada uno de los dos sectores políticos más votados. También se incluyó en la reforma constitucional la protección del derecho al trabajo y a la justa remuneración, se incorporó la noción de “derechos de autor”, se le dedicó una sección a los “Entes autónomos y servicios descentralizados” (es decir, las empresas estatales) y se limitó la llegada de inmigrantes que adolecieran de “defectos físicos, mentales o morales”. Esta nueva Constitución fue aprobada en referéndum el 19 de abril de 1934, con un 95,75% de los votos. Herrera fue, en esta época, constituyente (elegido durante las elecciones a la Asamblea Constituyente de 1933) y senador.
En las elecciones presidenciales de 1938, Herrera no fue candidato, siendo la fórmula herrerista la de Juan José de Arteaga y Carmelo Cabrera. En esas elecciones, resultó ganador Alfredo Baldomir, cuñado de Terra, con un 61,4% de los votos, mientras que el Partido Nacional recibió el 32,1%.
Durante la dictadura de Terra, se disolvió el Partido Blanco Radical. No así el Partido Nacional Independiente, que fue quizás el principal opositor.
En 1942, Baldomir dio también un autogolpe y abolió la Constitución de 1934, reemplazándola por una nueva que eliminaba el “Senado de medio y medio” y liquidaba el esquema de poder que Herrera había montado con Terra. En las elecciones de noviembre de 1942, Herrera fue candidato a la presidencia por cuarta vez, pero fue derrotado por amplísimo margen.
Durante la presidencia de Baldomir, al estallar la Segunda Guerra Mundial, Herrera adoptó una posición favorable a los Aliados, pero neutralista. Se opuso firmemente a que Uruguay entrara en el conflicto. En 1940, cuando el canciller Alberto Guani comenzó a negociar la instalación de una base naval estadounidense en Punta del Este, Herrera y el Partido Nacional opusieron una firme resistencia. Esta actitud significó que fueran acusados de simpatizar con el Eje, particularmente por parte del Partido Comunista. Tras el autogolpe de Baldomir de febrero de 1942, que contó con el apoyo del batllismo y del nacionalismo independiente (contubernio que se repetiría posteriormente bajo la presidencia de Juan José de Amézaga, quien en 1945 nombraría canciller al nacionalista independiente Eduardo Rodríguez Larreta), el Partido Comunista apoyó las medidas tomadas por Baldomir y pidió la cárcel para Herrera y la clausura de El Debate.
Juan José de Amézaga
El intento yanqui de establecer bases militares en Uruguay, que se repetiría en 1944 bajo la presidencia de Amézaga, estaba directamente vinculado a la estrategia estadounidense de hostigamiento en contra del gobierno militar argentino de la Revolución de 1943, reacio a doblegarse ante sus mandatos. En noviembre de 1945, en medio de la injerencia yanqui en la campaña presidencial de Argentina contra el meteórico ascenso de Juan Domingo Perón, el nuevo canciller uruguayo, Eduardo Rodríguez Larreta, había lanzado una doctrina que pretendía habilitar la intervención “panamericana” en cualquier país de América en donde se dieran gobiernos de corte “totalitario”. Esto era una obvia referencia al gobierno militar argentino, y no una doctrina contra los numerosos gobiernos autoritarios que pululaban en el Caribe y que eran aliados dóciles de EE.UU. En esa coyuntura, Herrera y el Partido Nacional fueron firmes opositores a la política colorada y defendieron la neutralidad de Uruguay.
Luego del triunfo final de Perón en Argentina, en las elecciones del 24 de febrero de 1946, comenzó virtualmente en Uruguay la campaña para las elecciones del 24 de noviembre de ese año. En esas elecciones, Herrera fue candidato presidencial por quinta vez, siendo derrotado por amplio margen ante Tomás Berreta, pero recuperando posiciones. Del 22% de 1942, pasó a un 32%. En agosto de 1947 falleció el presidente Berreta, que fue reemplazado por Luis Batlle Berres, iniciador del “neobatllismo”, sobrino de José Batlle y Ordóñez y padre del futuro presidente Jorge Batlle (2000-2005). Durante la presidencia de Batlle Berres, se dio un período conocido como “la coincidencia”, entre 1947 y 1950, en el que Herrera apoyó las reformas de Batlle. En este período se nacionalizan los ferrocarriles, las aguas corrientes, los tranvías, las instalaciones portuarias y los frigoríficos extranjeros, en concordancia con las reformas nacionalistas-populistas que estaban llevando adelante otros gobiernos en la región, como el de Perón en Argentina o el de Getúlio Vargas en Brasil.
Al final de la presidencia de Batlle Berres, se realizaron las elecciones presidenciales de 1950, en las cuales Herrera fue candidato a presidente por sexta vez, siendo nuevamente derrotado, esta vez por la fórmula encabezada por Andrés Martínez Trueba, que obtuvo un 52,61% frente a un 30,93% de Herrera. Sin embargo, su fino olfato político había llevado a Herrera a abandonar la “coincidencia” a tiempo y a aliarse con sectores colorados conservadores, representados justamente por Martínez Trueba. El herrerismo logra un pacto con el nuevo gobierno, con el objetivo de quitarle influencia a Batlle Berres, por el cual se reforma nuevamente la Constitución, instaurando un gobierno colegiado en reemplazo de la figura del presidente. El colegiado, llamado oficialmente “Consejo Nacional de Gobierno”, era presidido de manera anualmente rotativa por uno de sus miembros. Seis de ellos correspondían al partido mayoritario, mientras que tres correspondían al minoritario. La nueva Constitución fue aprobada en referéndum en 1951 con un 54% de los votos y estuvo en vigencia durante 15 años, hasta que, por un plebiscito coincidente con las elecciones de 1966, se volvió al sistema presidencialista.
Aprobada la reforma, Herrera compitió en las elecciones de 1954, después de sufrir la escisión del Movimiento Popular Nacionalista liderado por Daniel Fernández Crespo. En ellas, el lema blanco obtuvo 35,24%, frente a un 50,55% del colorado. Herrera fue integrante del Consejo Nacional de Gobierno por la minoría entre 1955 y 1959.
En 1956 comenzó a reunificarse el Partido Nacional. Tras arduas negociaciones entre integrantes de la lista “Reconstrucción Blanca” (sector escindido del Partido Nacional Independiente, y liderado por los hermanos Washington y Enrique Beltrán), el Movimiento Popular Nacionalista y el propio Partido Nacional Independiente, se logró la unificación en la llamada “Unión Blanca Democrática”, que reingresa al Partido Nacional como sublema.
En las elecciones generales de noviembre de 1958, el herrerismo pactó con la Liga Federal de Acción Ruralista, de Benito Nardone, creada en 1951. Estas elecciones resultaron ser históricas, ya que el Partido Nacional se alzó con la victoria, rompiendo con 93 años ininterrumpidos de hegemonía colorada. El lema blanco obtuvo 49,68% de los votos, frente a un 37,7% del lema colorado. El 1 de marzo de 1959 asumió el poder el llamado “Primer colegiado blanco”. Herrera, quien no integró la lista del herrerismo, fallecería poco después, el 8 de abril de 1959, a los ochenta y cinco años.
Luis Alberto de Herrera
La ideología de Herrera entroncaba en algunos aspectos con la tradición histórica del Partido Nacional, por ejemplo, en su estricto neutralismo, no-intervencionismo y antiimperialismo, y en otros innovaba, más que nada como reacción a lo que era convencional en el Uruguay batllista. Por ejemplo, el antiestatismo de Herrera era una respuesta directa al intervencionismo estatal del batllismo.
Su antiimperialismo significaba, sobre todo, como no podía ser de otra manera en América, oposición al imperialismo yanqui, en plena época de la política del “Gran garrote”. Desde Uruguay, Herrera fue testigo de la Guerra Hispano-Estadounidense que terminó en la ocupación yanqui de Cuba entre 1899 y 1902, de la intervención estadounidense en Panamá para separarla de Colombia en 1903, de la ocupación militar de Cuba en 1906, de la ocupación de Nicaragua en 1912, la de Haití en 1915, la de República Dominicana en 1916 y muchas otras y, al igual que muchos de la generación del 1900 en Hispanoamérica, advirtió el peligro yanqui desde un principio. Herrera apoyó la causa de Sandino en Nicaragua, calificándolo como “romántico defensor de las libertades” y “héroe continuador de la obra de los grandes libertadores – Washington, Bolívar, San Martín, Artigas, Sucre”.
Su aversión al imperialismo yanqui, no se convertía, sin embargo, en “antiyanquismo”, y, de hecho, fue un gran admirador del liberalismo estadounidense y de las instituciones de ese país. Admiró a Thomas Jefferson, Benjamin Franklin, James Madison, George Washington y Alexander Hamilton, y negó la influencia positiva de la Revolución francesa en las independencias hispanoamericanas, en favor de la influencia de la Revolución estadounidense.
En cuanto a su concepción económica, era un político liberal y antiestatista, lo que puede leerse como oposición al “Uruguay de planificación batllista”, un país donde existía un Estado hipertrofiado, con una industria subsidiada. Fue un crítico acérrimo de la “artificialidad” del proceso de industrialización uruguayo, y mostró una desconfianza visceral hacia los impuestos, convocando más de una vez a la rebelión fiscal, que él llamaba “huelga de los bolsillos cerrados”. Además, era anticentralista. Influido por la obra de Alexis de Tocqueville, La democracia en América, destacó el modelo autonómico, descentralizado y federal de EE.UU., frente al centralismo francés que Uruguay había copiado. La propuesta de Herrera era un país con autonomías locales autosuficientes, en vez de la demografía, infraestructura e instituciones tan concentradas en la macrocefálica capital.

5. La ruptura de la hegemonía colorada y los dos colegiados blancos


Pero volviendo a donde nos habíamos quedado, a partir de la victoria blanca de 1958, el sistema político tradicional uruguayo, tal como había funcionado hasta entonces, comienza a descomponerse aceleradamente. La influencia de la Revolución Cubana, casi coincidente con la asunción del primer colegiado blanco, también tuvo mucho que ver con esto.
La gestión económica del primer colegiado blanco se caracterizó por ser absolutamente liberal, terminando con la política proteccionista e industrialista del batllismo. Juan Eduardo Azzini fue designado Ministro de Hacienda, y desde esa posición promovió la Ley de Reforma Monetaria y Cambiaria de diciembre de 1959, que liberalizaba el tipo de cambio, devaluaba el peso y establecía la libre importación, generando una balanza comercial deficitaria y obligando así a recurrir al endeudamiento externo.
Así fue como el gobierno blanco llegó a firmar la primera “Carta de intención” con el Fondo Monetario Internacional, en septiembre de 1960. Uruguay era miembro fundador del FMI, pero hasta ese momento no había recurrido a sus préstamos. El FMI asiste a los países miembros que presentan problemas financieros concediendo préstamos denominados “stand-by”, que exigen la aplicación de ciertas medidas económicas que se estipulan en una “Carta de intención”. Así, en la primera “Carta de intención” firmada por Uruguay, se declaraban como objetivos del gobierno la liberalización del comercio, la estabilidad de la moneda y el equilibrio presupuestario. Como consecuencia de este acuerdo, se duplicó la deuda externa del país.
Por discrepancias profundas con estas políticas, se produjo la renuncia del Ministro de Industria y Trabajo, el herrerista Enrique Erro, en enero de 1960, y su escisión del Partido Nacional, con la llamada “Lista 41”. En 1962 la Lista 41 de Erro pasó a conformar la nueva “Unión Popular”, junto con el Partido Socialista (entonces bajo el liderazgo del socialista nacional y popular Vivian Trías) y la agrupación de independientes llamada “Nuevas Bases”, la cual incluía a gente tan destacada de la intelectualidad uruguaya como Alberto Methol Ferré, Carlos Real de Azúa, Guillermo Vázquez Franco, Helios Sarthou y José de Torres Wilson, entre otros. En las elecciones generales de noviembre de ese mismo año, la Unión Popular se presenta, obteniendo el 2,31% de los votos y dos diputados.
Pero no fue Erro el único herrerista que se escindió del Partido Nacional por ese entonces. Ariel Collazo, que desde 1951 había militado activamente en el partido, atraído por el liderazgo nacionalista y antiimperialista de Herrera, y que había sido electo diputado para el período 1959-1963, funda, en abril de 1961, el Movimiento Revolucionario Oriental, y, en 1962, con este movimiento, participa de la fundación del Frente Izquierda de Liberación (FIDEL), junto con el Partido Comunista, para comparecer también en las elecciones de ese año. La influencia de la Revolución Cubana ya se hace notar en el sistema político uruguayo. Antes de fundar el MRO, Collazo había visitado Cuba en 1960 y había quedado “enamorado” de la Revolución. En las elecciones antes mencionadas, el FIDEL obtiene tres diputados y un senador.
Otra novedad en esas elecciones fue el Partido Demócrata Cristiano, formado ese mismo año por sectores “progresistas” del partido católico Unión Cívica. También surgió, en el seno del Partido Colorado, la Lista 99 “Por el gobierno del pueblo”, de Zelmar Michelini, por desavenencias de éste con el resto del partido acerca de las causas de la derrota colorada en 1958. Este sector será de orientación claramente socialdemócrata, y en 1971 participará en la fundación del Frente Amplio.
Eduardo Víctor Haedo (centro) con el presidente argentino Arturo Frondizi (segundo desde la derecha) en 1960
Durante el primer colegiado blanco también se realizó, en agosto de 1961, la Conferencia de Punta del Este, auspiciada por EEUU, en donde se lanzó la “Alianza para el Progreso”. Era presidente rotativo del Consejo Nacional de Gobierno el herrerista Eduardo Víctor Haedo. En esta conferencia participó, en representación de Cuba, el Che Guevara, quien, durante su estancia en el país, asistió repetidas veces, en calidad de invitado, a la residencia de Haedo en Punta del Este, “La azotea”. Según la hija de Haedo, Beatriz, “El Che iba todas las mañanas a ‘La azotea’ a tomar mate con [su] padre”. Haedo solía contestar a los que le preguntaban si él era de izquierda o de derecha: “No soy hemipléjico para ser de izquierda o ser de derecha. Señáleme un punto de referencia y en todo caso le diré si estoy a la izquierda o a la derecha de ese punto”.
En las elecciones de 1962 hubo un claro predominio de los dos partidos tradicionales, pero con los síntomas de descomposición del sistema político tradicional que recién hemos enumerado. Los blancos resultaron ganadores nuevamente, con 46,54% de los votos. El nuevo Consejo Nacional de Gobierno, conocido como el “segundo colegiado blanco”, asumió el poder el 1 de marzo de 1963.
El desarrollo del sistema bancario tras la Ley de Reforma Monetaria y Cambiaria determinó el auge de la especulación, que se dio, por ejemplo, en la compra-venta de moneda extranjera y en la fuga de capitales. La inflación no pudo ser contenida, y superó el 50% anual entre 1963 y 1966. El agravamiento de la situación económica desembocó en el “crac bancario” de 1965, con la quiebra del Banco Transatlántico, que arrastró con su caída a otros bancos. Luego de esto, la especulación continuó desarrollándose. Se produjo una nueva devaluación de la moneda, que llevó al dólar de $24 a $59,90, trayendo como consecuencia el aumento de la inflación.
El segundo colegiado blanco también hubo de enfrentarse a los inicios de la actividad de la guerrilla urbana Tupamaros, que se profundizaría a fines de los años ’60. Toda esta situación llevó al planteamiento de una nueva reforma constitucional, ya que muchos consideraban que el gobierno colegiado era inoperante para enfrentar la crisis. En las elecciones generales de 1966, se presentaron a consideración de los votantes cuatro proyectos de reforma constitucional, que fueron identificados con el color de las hojas de votación: gris, rosada, amarilla y naranja (que resultó ganadora).
También se fue dando el silencioso ascenso de militares con ideas golpistas, como el general Mario Aguerrondo, perteneciente al Partido Nacional, cuyo ascenso fue resistido, a pesar de esto, por el presidente del Consejo Nacional de Gobierno en 1965, Washington Beltrán Mullín.

6. El “pachecato” y la dictadura cívico-militar

Jorge Pacheco Areco
El 27 de noviembre de 1966 se realizaron las elecciones generales para decidir quiénes serían los sucesores del segundo colegiado blanco. Al mismo tiempo, se realizó un plebiscito para reestablecer el sistema presidencialista. Esta vez los blancos perdieron con un 40,34% frente al 49,33% de los colorados, resultando electo presidente el general colorado Óscar Gestido, con Jorge Pacheco Areco como su vicepresidente. La Unión Popular de Enrique Erro volvió a presentarse, esta vez sin el Partido Socialista, obteniendo un magro 0,22% frente al 2,31% de la elección anterior, y no consiguiendo ningún diputado. Entre tanto, el FIDEL volvió a presentarse también, obteniendo esta vez un 5,66%, cinco diputados y un senador.
Gestido asumió la presidencia el 1 de marzo de 1967, pero murió el 6 de diciembre del mismo año, siendo reemplazado por su vicepresidente, Jorge Pacheco Areco. Durante las presidencias de ambos se aceleraría el proceso de descomposición del sistema político tradicional uruguayo que desembocaría en el golpe de 1973.
Gestido devalúa una vez más el peso e implanta la ley marcial. Pacheco Areco utilizó las “medidas prontas de seguridad” para reprimir las agitaciones sociales. Durante su mandato ocurre el famoso asesinato, por parte de la policía, del estudiante Líber Arce (el 14 de agosto de 1968), se censuran los medios de prensa y se prohíben partidos políticos de izquierda como el Partido Socialista. Además, se recrudecieron las acciones de la guerrilla Tupamaros, por lo cual, en 1971, se encomendó a las FFAA la lucha “antisubversiva”. En el plano económico, se aplicaron medidas de congelamiento de precios y de salarios, y se creó la “COPRIN” para regularlos. Pacheco Areco no tuvo éxito en imponer una reforma constitucional para su reelección, por lo cual fue designado para sucederlo el entonces Ministro de Ganadería y Agricultura, Juan María Bordaberry.
El 5 de febrero de 1971 finalmente se materializa el proceso de cambio en la política uruguaya, con la creación del Frente Amplio. En este confluyeron partidos de izquierda como el Partido Comunista y el Partido Socialista, el Partido Demócrata Cristiano y algunos sectores de izquierda menores, junto con grupos y personas de origen colorado y blanco. Por el lado colorado estuvieron los generales Líber Seregni (su líder) y Víctor Licandro, el movimiento “Pregón” de Alba Roballo y la Lista 99 de Zelmar Michelini, mientras que por el lado blanco estuvieron el movimiento “Patria Grande” (ex Unión Popular) de Enrique Erro; el ya mencionado Ariel Collazo con la Lista 1811; el antiguo militante del Movimiento Popular Nacionalista y antiguo Ministro de Salud Pública durante el segundo colegiado blanco, Francisco Rodríguez Camusso, dentro de la Lista 1001 encabezada por el Partido Comunista; y el subdirector del semanario Marcha y antiguo miembro fundador de la Agrupación Nacionalista Demócrata Social, Julio Castro. Además, estuvo el intelectual herrerista Alberto Methol Ferré integrando el grupo de asesores del general Líber Seregni.
Mención aparte merece el semanario Marcha. Fundado en 1939 por un blanco, Carlos Quijano, antiguo fundador y líder de la Agrupación Nacionalista Demócrata Social, hasta 1958 fue una publicación afín al Partido Nacional, pero con el tiempo se convertiría en un faro intelectual de la izquierda uruguaya. Entre sus colaboradores estuvieron Julio Castro, Sarandy Cabrera, Arturo Ardao, Alfredo Mario Ferreiro, Hugo Alfaro, Homero Alsina Thevenet, Carlos Martínez Moreno, Manuel Flores Mora, Carlos Real de Azúa, Mario Benedetti, Pablo Mañé Garzón, Álvaro Castillo, Eduardo Galeano, Adolfo Gilly, Ángel Rama, Alfredo Zitarrosa, Rubén Enrique Romano, María Esther Gilio, Gerardo Fernández, Salvador Puig y Guillermo Chifflet. Fue clausurado por la dictadura cívico-militar en 1974, aunque continuó su publicación en México con los Cuadernos de Marcha (ediciones mensuales con monografías que trataban los temas en mayor profundidad). Luego de la muerte de Carlos Quijano en 1984, y tras finalizar la dictadura en 1985, se formó el semanario Brecha en reemplazo de Marcha, al considerar que no era posible continuar con su edición sin la presencia de Quijano.
Pero volviendo a donde nos habíamos quedado, fue durante el “pachecato” que comenzó a emerger el liderazgo de Wilson Ferreira Aldunate en el Partido Nacional. Antiguo militante del Partido Nacional Independiente y Ministro de Ganadería y Agricultura durante el segundo colegiado blanco, Ferreira fue un duro opositor al gobierno de Pacheco Areco, a quien le derribaría tres de sus ministros desde su banca de senador, en legendarias interpelaciones parlamentarias. Para las elecciones de 1971, Ferreira formó el movimiento “Por la Patria”, que resultó en un movimiento aluvional que reunía a herreristas y blancos independientes.
Wilson Ferreira Aldunate
En estas condiciones, se produjeron las elecciones presidenciales de noviembre de 1971. El Partido Colorado, con 39,46% de los votos, resultó ganador con la candidatura de Juan María Bordaberry, frente al 38,72% del Partido Nacional, con Wilson Ferreira Aldunate a la cabeza. El Frente Amplio, que se presentaba por primera vez, recibió 17,62% de los sufragios. Sin embargo, estas elecciones están plagadas de cuestionamientos por supuestas irregularidades y fraude, en el cual, al parecer, estuvo involucrada la mano de EEUU y de la dictadura militar brasileña de entonces, en el contexto de la agudización de la Guerra Fría. En agosto de 2009 fueron desclasificados varios documentos del National Security Archive y del Departamento de Estado de EEUU, en donde se registran varias conversaciones del entonces presidente estadounidense Richard Nixon acerca del involucramiento de EEUU y Brasil en estas elecciones, lo cual se puede resumir con la frase de Nixon: “Los brasileños ayudaron a amañar la elección uruguaya”. El objetivo del supuesto fraude habría sido el de evitar una victoria del Frente Amplio, pero también parece haber perjudicado al Partido Nacional, que perdió por escaso margen. Más allá de eso, estas elecciones resultarían también históricas por ser las que dieron lugar al gobierno que daría el golpe de estado del 27 de junio de 1973, inaugurando así la dictadura cívico-militar uruguaya de 1973-1985.
Bordaberry asumió la presidencia el 1 de marzo de 1972. Era un momento de especial intensidad de las actividades de la guerrilla del MLN-Tupamaros. Poco tiempo después se descubrió la “cárcel del pueblo” en donde la guerrilla tupamara había mantenido a varios secuestrados. Ese fue el principio del fin para la guerrilla.
Dentro de las FFAA se estaba dando un proceso de creciente intervención en los asuntos del Estado. El 8 de febrero de 1973, con el propósito de controlar la creciente efervescencia militar, Bordaberry sustituyó al Ministro de Defensa de entonces por el general legalista Antonio Francese. En la mañana de ese día, el nuevo ministro se reunió con los mandos de las tres fuerzas, y sólo encontró respaldo en la Armada. A las ocho de la noche, desde el canal de televisión del Estado, los jefes del Ejército y la Fuerza Aérea anunciaron que desconocerían las órdenes del ministro Francese y reclamaron al presidente su relevo. En las primeras horas de la madrugada del 9 de febrero, los fusileros de la Armada, mediante barricadas, cerraron la entrada a la Ciudad Vieja de Montevideo en apoyo del gobierno. En respuesta, el Ejército sacó sus tanques a las calles y ocupó varias emisoras de radio. Entonces emitieron el comunicado n°4, firmado por el Ejército y la Fuerza Aérea, en el que planteaban impulsar objetivos socioeconómicos, entre los cuales estaban incentivar las exportaciones, eliminar la deuda externa opresiva, erradicar el desempleo, atacar los ilícitos económicos y la corrupción, y redistribuir la tierra. El contenido de este comunicado explica el apoyo inicial del Partido Comunista y del Partido Demócrata Cristiano a esta sublevación, entendiendo que los militares pretendían un golpe de estado “de izquierda” o “peruanista” (es decir, similar al impulsado por el general Juan Velasco Alvarado en Perú en 1968). El “peruanismo” fue realmente una corriente existente en esa época entre los militares uruguayos.
El sábado 10 de febrero, tres ministros intentaron un acercamiento con los militares insurrectos. Mientras tanto, varios oficiales de la Armada desconocieron las posiciones de su jefe, el vicealmirante Juan José Zorrilla, y apoyaron los comunicados del Ejército y la Fuerza Aérea. Al día siguiente, el 11 de febrero, Zorrilla renunció al mando de la Armada, con lo que esta fuerza abandonó su postura constitucionalista. El lunes 12 de febrero, Bordaberry concurrió a la base aérea “Capitán Juan Manuel Boizo Lanza” y aceptó todas las exigencias de los mandos militares, pactando así su continuidad en la presidencia, en lo que se dio a llamar el “Pacto de Boizo Lanza”. Dicho acuerdo encomendaba a las FFAA la misión de “brindar seguridad al desarrollo nacional”. Al día siguiente del acuerdo fueron designados nuevos ministros del Interior (Néstor Bolentini) y de Defensa (Walter Ravenna). Con ello se completó el deslizamiento hacia un gobierno cívico-militar. Se considera que este episodio equivalió a un golpe de estado “de hecho”, y un precedente del golpe que vendría.
En 1973 la justicia militar, que un año antes, con la Ley de Seguridad del Estado, había asumido competencias en los procesos contra integrantes de la guerrilla, pidió al Congreso el desafuero del senador frenteamplista y ex-blanco Enrique Erro, acusándolo de estar implicado en contactos con la guerrilla Tupamaros. El parlamento rechazó tal solicitud, lo cual fue esgrimido como motivo puntual por el presidente Bordaberry para disolver las cámaras.
Juan María Bordaberry
El 27 de junio de 1973, argumentando que “la acción delictiva de la conspiración contra la patria, coaligada con la complacencia de grupos políticos sin sentido nacional, se halla inserta en las propias instituciones, para así presentarse encubierta como una actividad formalmente legal”, Bordaberry, con el apoyo de las FFAA, disolvió las cámaras de Senadores y de Representantes y creó en su reemplazo un “Consejo de Estado” con funciones legislativas. En un discurso emitido por radio y televisión el mismo día del golpe, Bordaberry manifestó “el rechazo a toda ideología de origen marxista que intente aprovechar la generosidad de nuestra democracia para presentarse como doctrina salvadora y terminar como instrumento de opresión totalitaria”. Así se inauguraba la dictadura uruguaya que duraría hasta 1985.
Hay que decir que no fue una dictadura exclusivamente colorada, ya que algunos blancos también tuvieron una participación destacada, como por ejemplo Aparicio Méndez, ex-Ministro de Salud entre 1961 y 1964, quien se desempeñó como Presidente de la República entre septiembre de 1976 y el mismo mes de 1981, o Martín Recaredo Etchegoyen, viejo herrerista y primer presidente del primer colegiado blanco en 1959, quien cumplió funciones como presidente del Consejo de Estado creado por Bordaberry, entre el 19 de diciembre de 1973 y el 4 de enero de 1974, renunciando sólo ante el agravamiento de su estado de salud. Además, dentro mismo de las FFAA, y sobre todo dentro del Ejército, la corriente “nacionalista”, que fue la impulsora del golpe, entroncaba sobre todo con lo blanco, y sus principales componentes eran herreristas, comenzando por el anteriormente mencionado general Mario Aguerrondo.
Sin embargo, el Partido Nacional como tal, dirigido por la figura de Wilson Ferreira Aldunate, sería un férreo opositor a la dictadura. Ferreira se exilió en la Argentina y, luego del asesinato en ese país del senador frenteamplista de origen colorado Zelmar Michelini y del diputado blanco Héctor Gutiérrez Ruiz el 20 de mayo de 1976, se refugió en la embajada de Austria e inició una gira internacional contra la dictadura uruguaya, logrando que EEUU suspendiera su asistencia militar a ésta.
En noviembre de 1980, bajo la presidencia de Aparicio Méndez, la dictadura realizó un plebiscito para una reforma constitucional, que fue rechazado por un 57,2% de los votantes, dando comienzo a un lento proceso de apertura política.
En septiembre de 1981 asumió la presidencia el general Gregorio Álvarez. En agosto de 1984 tuvo lugar el Pacto del Club Naval, entre Álvarez y los líderes del Frente Amplio, el Partido Colorado y la Unión Cívica. El Partido Nacional se retiró de esas negociaciones por no aceptar el planteo militar de realizar elecciones con partidos y personas proscriptas (entre ellos, su entonces líder, Wilson Ferreira Aldunate).
En junio de ese año, Ferreira retornó del exilio cruzando el Río de la Plata en el Vapor de la Carrera. Fue apresado por los militares y trasladado al cuartel de Trinidad, en donde permaneció encarcelado durante toda la campaña electoral que restableció la democracia, y excluido de participar en las elecciones, según se había acordado en el Pacto del Club Naval. Este incluía la proscripción de varios políticos cuyas candidaturas eran resistidas por los militares. Ferreira, principal enemigo del régimen en el exterior y por ello requerido por la justicia militar, no podía participar de ninguna manera.

7. Desde el retorno de la democracia hasta el presente


Tras realizarse los comicios del 25 de noviembre de 1984, salió triunfante el Partido Colorado, con la candidatura de Julio María Sanguinetti. Ferreira fue liberado el 30 de noviembre, y una caravana multitudinaria lo condujo hasta Montevideo. En una de las concentraciones políticas más recordadas de la historia uruguaya, Ferreira sorprendió por su postura tras las elecciones que acababa de ganar el Partido Colorado, anunciando su apoyo al gobierno democráticamente electo y su intención de colaborar para la gobernabilidad. Finalmente, el 1 de marzo de 1985 se produce el traspaso de mando a Sanguinetti y con esto retorna la democracia al Uruguay.
En diciembre de 1986 se dictó la “Ley de caducidad de la pretensión punitiva del Estado”, que consagraba la impunidad de los delitos de violación a los derechos humanos durante la dictadura. Ferreira inicialmente se resistió a avalar el proceso de amnistía a los militares, pero posteriormente cedió y terminó dándole el visto bueno a la nueva ley, en cuya redacción participaron algunos de sus colaboradores. Con motivo de esto, algunos blancos, como por ejemplo Carlos Pita, se terminaron apartando del Partido Nacional. El sector de Pita adoptó la denominación de “Corriente Popular Nacionalista”, y en 1987 adhirió al Frente Amplio, con Pita autodefiniéndose como “un blanco de izquierda moderada”. Otro de los dirigentes del Partido Nacional que se opuso a la Ley de caducidad fue el entonces intendente de Cerro Largo, Rodolfo Nin Novoa. Además, la viuda del diputado blanco asesinado durante la dictadura Héctor Gutiérrez Ruiz, Matilde Rodríguez Larreta lideró la campaña por el plebiscito para derogar dicha ley entre 1987 y 1989, fecha de la realización del referéndum. Finalmente, en ese plebiscito ganó el “No” a la derogación de la ley. A mediados de 1987 también empeoró la salud de Ferreira, quien terminaría falleciendo en 1988, víctima de un cáncer.
En las elecciones de noviembre de 1989 resultó electo el pretendido continuador del herrerismo, y nieto del propio Luis Alberto de Herrera, Luis Alberto Lacalle, quien asumió el 1 de marzo de 1990. Su presidencia fue la primera presidencia unipersonal de un blanco democráticamente electo desde el final del mandato de Bernardo Prudencio Berro en 1864. Su gobierno se caracterizó por una política neoliberal y privatista.
Luis Alberto Lacalle
En 1992, la política privatista sufrió un revés al perder una consulta popular acerca de las privatizaciones con un 72,55% en contra. Nin Novoa estuvo entre los que impulsaron el voto contrario a las privatizaciones, y luego ayudó a formar el “Polo Progresista” dentro del Partido Nacional, junto con varios dirigentes blancos opuestos a Lacalle, como el intendente de Rocha, Irineu Riet Correa, y los parlamentarios Matilde Rodríguez Larreta y Alberto Zumarán. Sin embargo, este movimiento tuvo escaso vuelo dentro del Partido Nacional, y en 1994 Nin Novoa abandonó el partido e ingresó al Frente Amplio. En 2005 llegaría a ser vicepresidente de Uruguay acompañando a Tabaré Vázquez.
Tras el triunfo histórico del Frente Amplio en las elecciones de 2004, el Partido Nacional se fue consolidando como segundo partido más votado del país y alternativa de gobierno, siendo el principal partido de oposición a los sucesivos gobiernos frenteamplistas hasta el presente.


Bibliografía


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